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La vejez, ¿una forma de exilio?

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julio 15, 2015 por orbdiv

Artículo de Antoine, Antonio Prieto Núñez, escritor y activista

Nueva tecla y cámara de fotos colaboradora orbitante

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En su magnífico texto Exilios, escrito con ocasión de un regreso al país natal, Roberto Bolaño se pregunta si “¿no seremos todos exiliados?, ¿no estaremos todos vagando por tierras extrañas?”

Inevitablemente, estos interrogantes me conducen a una cierta manera de concebir la vejez como una definitiva, y sin posibilidad alguna de retorno, forma de exilio.

Presumo que Bolaño no se cuestionaba este tema en relación a la vejez que, por otro lado, él no llegaría a alcanzar por razón de su prematura muerte a los 50 años. Nos cita a continuación a Swift, quien decía que “exilio” es el nombre secreto de “viaje”, y si viaje es el transcurso natural de la vida, esto nos convierte a todos en exiliados, le proporciona coherencia a esa pregunta que quedó reseñada en el primer párrafo: “¿no seremos todos exiliados?” Y al preguntarse si “no estaremos todos vagando por tierra extrañas”, ¿no es eso lo que es el simple hecho de vivir: sentirnos errantes por territorios desconocidos en los que nos podemos sentir, con demasiada facilidad a veces, desconcertados y perdidos en un cruce de caminos cualquiera donde no sabemos cuál de ellos tomar?

Bolaño nos dice también en el mismo texto que exiliarse no es desaparecer sino empequeñecerse, y así alcanzar la altura real del ser. Y la vejez no tiene la sola misión de terminar con la vida, además la reduce a su verdadera dimensión: momento decisivo para disolver los apegos, ver derrumbarse muchas creencias, darse cuenta en definitiva de la ausencia de una existencia individual y separada del resto de los seres. Momento que puede ser asimismo de mucha desesperación y miedo. Miedo porque esta constatación del derrumbamiento de lo que seguramente durante toda la vida hemos llamado “yo”, es justo y lógico que no se viva sin una natural sensación de pánico: es el ser enfrentado a una atroz desnudez. No hace falta pues vivir un exilio considerado como alejamiento del lugar en que se vive, cuyas causas pueden ser múltiples, tales como la guerra, la pobreza, la persecución política. Exilio es también experimentar eso mismo sin moverse del sitio, a solas con la propia vida y cuando muchos o todos los recursos programados se empiezan a desvanecer por causa de las circunstancias particulares/sociales de la persona, o por el simple y sencillo pasar de los años, esto es, la fuerza incontenible del tiempo.

Exilio puede ser también construir un lugar interior cuando todo aquello que rodea al ser humano no es otra cosa que hostilidad.

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Nosotros, que hemos vivido la segunda mitad del siglo XX y el primer decenio y medio del XXI, estamos muy acostumbrados a las atroces visiones de guerra y grandes éxodos que nos han acompañado desde unos años que hubieran debido ser dorados y felices, pero que las imágenes pavorosas de los bombardeos sobre personas civiles inocentes e indefensas en Vietnam lo impidieron. El Holocausto al que la culta y refinada Alemania sometió a tantas etnias o grupos sociales condenados por el régimen, lo hemos visto reproducido en diferentes ocasiones y con diferentes grados de bestialidad. Citemos como un claro ejemplo la Camboya de Pol Pot durante los años 1975 a 1979, su menor escala no impide ni disimula de manera alguna que se trata de la misma atrocidad.

Los viejos y caducos conceptos de estado, patria, nación, son fuertemente contestados por el avance de esta nueva forma de civilización que se ha venido a llamar “globalización”, en la que los viejos dioses, bien muertos hace tiempo, son substituidos por el único y todopoderoso dios del dinero y su funesta corte celestial de banqueros y financieros, y los políticos de ese signo que, jugando a la perfección su papel de serviles sicarios, esperan la orden de los amos para ejecutarla ciegamente y en total indiferencia hacia el menoscabo que puedan causar a los sectores más débiles de sus mismas poblaciones.

Un desarrollo tal de la historia no puede sino generar un innumerable sufrimiento: poblaciones enteras que, de un sólo golpe, se han encontrado sometidas al abandono y la miseria, son una clase de acontecimiento convertido hoy en moneda de uso corriente; y aunque nos parezca a los ciudadanos del Primer Mundo muy inquietante, el mapa de la catástrofe no se cierne ahora solamente a las poblaciones del Tercer Mundo, donde era lo habitual: ahora todos estamos amenazados y nuestra pertenencia a los países más desarrollados, dotados de legislaciones “civilizadas”, no nos protege de nada: el capitalismo salvaje, a través de los estados convertidos en entidades dóciles, muestra su verdadera cara y se vuelve el monstruo que todo lo devora inexorablemente.

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Ahora sabemos que el poder, y los medios de comunicación a su servicio, han aprendido mucho desde los tiempos de Vietnam en cuanto a formas de dominación y manipulación, los hombres se han dotado de cada vez peores armas y libran cada vez peores guerras, como reflexiona amargamente el personaje del judío Isaac en la película de Ingmar Bergman Fanny y Alexander. La situación generada a causa de esta gran perturbación social, sólo puede tener como consecuencia una fuerte caída de los derechos ciudadanos: en un marco tal, acontecimientos que fueron grandes conquistas en el pasado, como la Déclaration des Droits de l’Homme et du Citoyen de la Revolución Francesa, aprobada en 1789, o la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, no parecen ahora mismo otra cosa que un patético papel mojado.

La vejez parece volverse en todo este estado de cosas uno de los sectores poblacionales más desfavorecidos, la caída de recursos en cuanto a pensiones o en la vertiente sanitaria, puede llegar fácilmente a un punto donde la simple continuación de la vida se puede volver insostenible para grandes cantidades de personas ancianas.

Es una verdadera sensación de atropello, de ser dejados de lado por una sociedad que no admite más dios que el dinero ni más ley que la ganancia, y que deja abandonadas a su suerte, o bien directamente en la indigencia, a incontables miembros de ese colectivo llamado “Tercera Edad”, el cual se ve así empequeñecido y reducido a la invisibilidad. El armario no es patrimonio exclusivo de las personas LGTB.

El discurso de líderes políticos y religiosos -con honrosas excepciones- interpreta el papel de la mentira y la hipocresía con la cual –transformados en simples peones del dinero- sólo es un patético intento de enmascarar todo o de demostrar que aún hay un estado y/o dios que se ocupa de los desheredados.

En el texto Literatura y exilio, Roberto Bolaño nos hace referencia a la fecha que estableció Georges Orwell, 1984, como aquella que marca la derrota moral del ser humano.

Que sea el año citado u otro poco importa, sólo es un punto de referencia; variable en consecuencia. Lo verdaderamente importante es, una vez verificada esta derrota, qué se puede construir a partir de ella.

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Con la máxima y despiadada lucidez posible, y en actitud de total rechazo a la ceguera descuidada que nos programan, es preferible reconocer en qué espacio y tiempo vivimos y quiénes somos en relación a ellos. Los viejos dogmas de patria y/o religión han caído y hemos asistido a su derrumbamiento. El orden se ha vuelto una estructura tiránica y opresiva. La democracia, en la que tantos han, o hemos creído, ha devenido en demasiadas ocasiones una dictadura enmascarada como para poder seguir creyendo sin más en ella; y no estaría todo perdido si de todo esto extraemos la necesidad de cuestionárnoslo todo, de no volver a ser creyentes ingenuos de tan desprestigiados dogmas.

Este exilio individual y colectivo, tendría que ser aquello que ha construido el ser para impedir el despojo total de todo cuanto es. Pero no un refugiarnos en un armario –por utilizar la terminología LGTB- donde sólo en precario podríamos desarrollar el resto de la vida. Puede ser un mundo rico, o también aventura por construir.

Exilio puede entonces significar una construcción del mundo y de la vida verdaderamente a la medida del ser humano.

Antoine

Exilios y Literatura y exilio son dos textos de Roberto Bolaño contenidos en el libro Entre paréntesis. Editorial Anagrama 2004

Antoine

5 pensamientos en “La vejez, ¿una forma de exilio?

  1. Ramón Arreal dice:

    Precioso artículo, querido Antoine. Si me permites, por matizar, si fuera posible, es que ese exilio de la vejez se realiza además en soledad, en soledad afectiva en buen número de ocasiones. Por ver el lado bueno de los que ya estamos en ese tramo de la vida como dice Patricia Cartrwig. La vejez es una oportunidad para el crecimiento. No todo se ha perdido. Como bien dices y parafraseéndote: puede ser un mundo rico o una aventura por construir.

    • antonio dice:

      Es lo mejor, como tú dices querido Ramón, mantener esa intención de crecimiento. Demasiado sabemos que en muchos casos no es posible porque la persona llega demasiado vencida, pero si nos introducimos en el pensamiento de que “ya estoy muy mayor para tal o cuál cosa”, entonces sí que se nos ha venido encima el mundo.
      En el artículo se intenta concebir el exilio como ese algo por construir, ese patrimonio único de la persona donde ésta se encuentra con todos sus referentes a la mano, aunque siempre cambiante, de otra forma sería inmovilismo, armario, incapacidad de evolucionar, etc.
      Y como siempre, gracias infinitas mi querido Ramón por tu comentario.
      Un abrazo muy fuerte.

  2. Enrique Gómez dice:

    Gracias por esta joya, Antoine. Un certero análisis del mundo y sobre todo unas precisas acepciones de exilio y de vejez. Una de las situaciones más tristes de la vejez es ir perdiendo poco a poco las redes sociales que nos dan forma. Enhorabuena y un abrazo

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