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Perpetuidad y Banalidad

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octubre 9, 2015 por orbdiv

Presentamos un nuevo artículo de Antoine, Antonio Prieto Núñez, escritor y activista, tecla y cámara de fotos colaboradora orbitante.

A Javi y María José, sin cuyas indicaciones este texto no hubiera sido posible.
Y a Javi de nuevo, pues sin la pluma que me regaló no lo hubiera podido escribir.

Perpetuidad1

El escritor albanés Ismaíl Kadaré, en su Diario de Kosovo, nos dice en la página 67:

“Todo racismo posee algo de hediondo, pero el racismo esgrimido por quienes han padecido con anterioridad a causa de él resulta particularmente miserable. Me estoy refiriendo al racismo de quienes hasta ayer mismo eran considerados sirvientes y han despertado una mañana siendo amos y señores”.

En la página siguiente añade:

“¡Qué tristeza produce ver a los pueblos aherrojados no acariciar, justo cuando están siendo oprimidos, un sueño más noble que el que de ver llegado el día en que ellos puedan identificarse con los señores que les pisotean! ¡Qué miseria!”

Al encontrar estos dos párrafos en este extraordinario y amargo libro, pienso que ante todo habría que reconocer sin género de duda el hecho que plantean y mirarlo en profundidad: en lo insondable del ser humano, tomado tanto individual como colectivamente, habitan los sentimientos más bajos y los más elevados. Y debemos reconocer asimismo el hecho de que desalojar de nuestro interior pasiones como el odio y el rencor (o transformarlas en energías positivas), es tarea que muchas veces sobrepasa las fuerzas con las que contamos para llevar a cabo el simple hecho de realizar el recorrido de nuestra vida sobre la tierra.

Nuestro autor albanés plantea el problema desde un punto de vista colectivo. Se trata, viéndolo en toda simplicidad, del deseo natural e irrefrenable que siente todo pueblo oprimido de igualarse al opresor, de ejercer un día este innoble poder de la opresión. El deseo de venganza forma parte del ser, es un sentimiento natural, aunque muy dudosamente lícito, y consagrado muchas veces por infames tradiciones que en no pocos pueblos regulan la venganza: el Kanun albanés que nos describe el mismo Kadaré en su obra Abril quebrado es un ejemplo bien claro y siniestro de ello. Pero pierde toda su equívoca licitud en el momento en que aquel sobre quien arrojamos nuestro deseo de venganza no es el mismo que nos humilló y ofendió, sino otro diferente, nuestro sucesor en la escala de los humillados, un nuevo inocente que se suma a la cadena por su eslabón más bajo. Sobre la posible legitimidad del deseo de venganza véase Eichmann en Jerusalén de Hannah Arendt, Editorial Lumen, donde en la página 378, al hacer referencia al discurso inicial del fiscal Hausner nos hace pensar que, con un edificio retórico como el que dicho fiscal utilizó al inicio del histórico juicio, “expresó la acusación el principal argumento que se esgrimía en contra de la celebración del juicio, es decir, que se había iniciado, no para satisfacer las exigencias de la justicia, sino para colmar el deseo de venganza de las víctimas, deseo quizá legítimo”.

Considerando el problema a nivel individual, podemos observar el hecho de la persona que ha sufrido humillación y acoso en el ámbito escolar, laboral, militar, etc. Salvo muy honrosas excepciones abrigará de forma natural el deseo de ser ella quien un día realice su pequeña venganza; imposible generalmente sobre los que le humillaron, sino sobre los que vinieron a ocupar el lugar más bajo de la cadena jerárquica que dicha persona ocupó un día: el del más débil.

Naturalmente esta sucesión interminable de opresión y deseo de venganza, constituye un peligroso estancamiento, ya que todo pueblo o persona que no se plantee la superación de esta alternancia de pequeños odios y miserables revanchas, se niega a sí mismo y a los demás toda posibilidad evolutiva.

Esto sólo puede conducir pues a una perpetuidad del mal.

Perpetuidad2

Quiero traer aquí una referencia al extraordinario libro Caballería Roja y Diarios de 1920 de Isaak Bábel, en tanto que la vida de este autor me parece muy significativa en esta reflexión sobre poder y dominación. Antonio Muñoz Molina, autor del epílogo, nos hace un magistral retrato de un enorme escritor que fue un niño débil y torpe, una presa fácil para el “matón” de la clase: “No hay niño inteligente y sensible que no quiera con pavor y admiración al bruto de la clase que puede en cualquier momento golpearlo: al varón de inclinaciones intelectuales con frecuencia lo seduce la misma violencia que le provoca horror”.

Nuestro escritor, una vez adulto, vivió una vida auténticamente azarosa y para nada exenta de emociones fuertes: soldado de la caballería cosaca en 1920 en la guerra contra Polonia, asiste a las brutalidades inherentes a toda guerra, sin poder además mostrarse entre sus compañeros como judío ya que estaba en medio de un colectivo fuertemente antisemita como eran los cosacos. Posteriormente sufre en sus propias carnes las purgas del Padrecito Stalin que le llevan a la detención, la tortura, la confesión lleno de sentimientos de culpa de toda clase de crímenes contra el estado y, por fin, al paredón de fusilamiento. Termina pues siendo acusador de sí mismo y comprendiendo que, lo más natural y lógico, es ser castigado por ello.

Antonio Muñoz Molina nos cuenta en el citado epílogo que nuestro autor no siente en ningún momento una reprobación hacia los que le atormentan. Desea ser aceptado por ellos y este deseo se revela tan inútil que, no sólo no le evita su trágico fin, sino que “le despoja además de la energía moral necesaria para vindicarse a sí mismo, para optar con valentía y orgullo por la delicadeza frente a la fuerza bruta, por la inteligencia sobre la arrogante zafiedad”.

La violencia pues, ejercida de tal manera por el fuerte sobre el débil, puede generar el deseo de venganza, pero también, la citada falta de energía moral. Ambas cosas sólo pueden significar una gran derrota moral.

El verdugo atropella irremisiblemente a su víctima, convivimos con la injusticia, con la brutalidad del poder, los sufrimos como parte de lo cotidiano y esto es para nosotros tan sólo un hecho natural, lo reducimos a un simple lugar común y decimos por ejemplo: “La guerra es horrible, pero siempre ha habido guerras”. Nos conformamos con esta reducción y así evitamos cuestionarnos el hecho de que con esta cómoda aceptación a la que tan habituados estamos, nos sometemos constantemente a una aberrante abdicación moral.

Es bien cierto –y no conviene perder esto de vista- que el cuestionarnos la legitimidad de lo injusto, de lo que posee por derecho propio la cualidad de la injusticia, nos conduce –por la impotencia que se puede llegar a sentir- a una gran frustración, al gran conflicto de la elección entre auto-hipnotizarse y continuar como si nada de esto fuera con nosotros, o vivir plenamente la amargura de la lucidez.

Perpetuidad3

Para profundizar algo más en esto de la aceptación de todo lo que podemos calificar de injusto, debemos traer a estas páginas aquello que la citada filósofa Hannah Arendt, denominó “banalidad del mal”, en tanto a que si me he referido antes a su perpetuidad como una no-evolución y a la vez a una aceptación como “lo más natural, lo que siempre ha existido”, y el hacer esto implica que le otorgamos la categoría de “incuestionable”, forzoso es intentar ver de qué manera estamos banalizando lo perverso y hasta qué punto haciéndolo perdemos una y otra vez las cosas que deberían sernos más preciosas. Sin ignorar el papel inconmensurable que juega lo que podríamos denominar “aceptación ciega de la autoridad”. O sea, nuestro beneplácito hacia todo orden establecido, toda estructura jerárquica, nuestra total ausencia de crítica y su substitución por el acatamiento de toda orden recibida, adormeciendo nuestra conciencia en el hecho de que siempre es “otro” el que da las órdenes, es siempre ese superior jerárquico, ese ser que ostenta el símbolo de la autoridad, el responsable de todo lo que hagamos, auto-reduciéndonos, pues, a meros comparsas sin importarnos la miseria a que condenamos con esta postura nuestra propia condición humana.

Hannah Arendt acuñó el término “banalidad del mal” en su libro de 1963 Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, escrito a raíz de su asistencia al proceso de este criminal de guerra nazi. A partir de la observación del acusado durante los meses que duró el mismo, Arendt encontró un gran abismo entre el horror sin nombre que se había realizado y la inmensa mediocridad del hombre que lo cometía.

La cualidad más siniestra que es consubstancial a esta banalidad es lo que tiene de cotidiano, lo que ocurre todos los días. No hace falta pues remontarnos a grandes hechos históricos como los crímenes de guerra del III Reich: banalizamos el mal cada vez que aceptamos lo injusto como un hecho natural.

Antonio Prieto Núñez, Madrid, Agosto-Septiembre 2015

Bibliografía:

  • Ismaíl Kadaré. Diario de Kosovo. Editorial Siruela. 2007
  • Ismaíl Kadaré. Abril quebrado. Alianza Editorial 2001
  • Isaak Bábel. Caballería Roja y Diarios de 1920. Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores 1999. Epílogo de Antonio Muñoz Molina
  • Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén. Lumen 2003

Los otros posts de Antoine:

La Vejez, ¿una forma de exilio?
La Dulzura de las Naranjas, galería fotográfica

Perpetuidad4

2 pensamientos en “Perpetuidad y Banalidad

  1. Xabier Lizarraga Cruchaga dice:

    Como siempre, las reflexiones de Antonio obligan a preguntarnos a nosotros mismos qué tan cerca estamos de ser aquello que criticamos, qué tan lejos de alcanzar los valores éticos y emocionales que creemos y decimos admirar y quizá perseguir. Y tales preguntas, que muy probablemente duelen, deberían servirnos para limpiar esa imagen que deseamos ver en el espejo.

  2. […] “Perpetuidad y Banalidad“por Antoine […]

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