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El Sur, luces y sombras

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noviembre 21, 2015 por orbdiv

Una mirada sobre El beso del cosaco de Eduardo Mendicutti, por

Antoine Prieto Núñez.

Hoy quiero evocar los cielos plomizos de Cádiz, desde este mediodía en el que un radiante sol de noviembre entra por los cristales y se posa sobre un libro en cuya portada un joven de mirada lujuriosa y un cigarro en los labios me mira fijamente con sus ojos verdes, y no tendría más que apartarlo de mí, dirigir hacia otro lado esta portada, para que esa mirada se perdiera en la lejanía, pintando el horizonte de extrañas luces y reflejos que sólo existen si él los mira, si él da vida y alma a su propio misterio.

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Foto de Eduardo Mendicutti

Pero hay otro joven, bello, increíblemente bello, tostado por el sol de Andalucía, que toma el sol casi desnudo en una terraza y el crepúsculo retrasa su camino para que el sol se deslice dulce sobre esta piel de ámbar y se recree en el más mínimo de sus tiempos y espacios antes de partir enamorado; y estas manos que sostienen la pluma y escriben estas palabras, quisieran compararse con el sol en el deseo imposible de resbalar por esta piel, detenerse en el relieve de su pecho y su vientre, estremecerse al explorar sus muslos, al tomar su sexo poco a poco, como si fuera copa del más delicado cristal que contuviera los más exquisitos licores de su cuerpo; y así, unidos a él, ver la llegada de la noche y que el viento al acariciarnos lleve memoria de nosotros hacia cualquier lugar; mis manos escriben sedientas y el tiempo lento del quinteto con piano de Schumann se escucha bajito en la otra habitación y quiebra mi corazón, cristal indefenso ante esta música.

Genaro Medina Jones tiene su corazón apuñalado por la mano de un amante despechado y hay heridas imposibles de cicatrizar, y en la noche sensual de Andalucía vuelven a sangrar y el sueño de ese corazón pasea su ya acostumbrada agonía como un viejo dolor nocturno que no conociera el alba.

Mientras, en la gran casona huele a papas con alcauciles que la criada Magdalena está cocinando, y ese aroma despierta hasta los más olvidados recuerdos en la mujer que un día partió, en un tiempo muy lejano, y que en el aroma de ese guiso rememora su vida entera en este regreso sin fin que es el transcurso de toda vida. 50 años después de su partida, Elsa Sheenan, Medina Osorio de soltera, vuelve a ese entremezclado de luces y sombras que fue su vida y que le aguarda intacto en cada habitación de esta casa.

Cerca, el río Guadalquivir se entrega al mar.

En un cielo de luminosidades atlánticas, las nubes forman extraño dibujo, plomiza luz para encender el día, y el viento nos trae perfume antiguo de mar.

Me detengo un momento. Estoy en el paseo marítimo, me embriago de esta danza de olas y miro hacia el Oeste, parecería que quisiera intuir en ese horizonte la silueta difusa y sombría de una imposible América

Y con mi mirada se alejan las gaviotas de mis sueños.

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Foto de Eduardo Mendicutti

Hay un muchacho que se llamó Javier Medina Hidalgo, que escribía versos y murió de melancolía metafísica. Y su mirada tiñe de azul violeta los sueños de los visitantes que encuentran en su tiempo a quien será un muchacho para siempre y que se llevó con él el secreto de las odas.

“La muerte, sobre todo, es un ocio dilatado” dice Genaro Medina Jones en algún momento; y puesto que los muertos gozan ya del tiempo inmarcesible, dejemos todo de un lado y ayudemos a preparar la fiesta. Elsa Sheenan, de soltera Medina Osorio, está aquí para celebrar su muerte como se merece, con una gran fiesta de la misma manera audaz, aventurera y glamurosa que ha vivido. 50 años hace que dejó atrás estas luces plomizas de los mediodías calurosos, este océano que, a veces, parece plomo derretido en los días del gran calor cuando ni el aire se mueve y todo entra en una pereza deliciosa y magna en la que casi nada tiene comienzo ni final, y sólo resta un extraño adormecimiento, duermevela donde todos los sueños son posibles.

Hay un cosaco de madera en el vestíbulo. Alguien, un día, le llamó Vladimir. Es un cosaco de madera que nos trae todos los misterios y las leyendas de su helado país donde el Don se desliza entre témpanos de hielo y estepas imposibles hasta este Sur de humedades y calores que nadie, en su lejanísimo país, osaría siquiera concebir.

Y dicen que este cosaco, de alguna manera que no nos atreveríamos a imaginar, besa en el cuello a algunos de los seres que aquí han habitado. Un beso que deja una marca indeleble en aquel al que ha besado. Es lo que se dice. No importa demasiado. Lo único que importa es que aquel que ha sido besado por el cosaco Vladimir ya no vuelve a ser el mismo, que su vida cambia y le están reservadas pasiones que jamás hubiera osado imaginar.

Quisiéramos, quién no lo quisiera, vivir ese beso de fuego del cosaco de madera. Y una vez besados, olvidar todos los miedos en ese río que nos lleva, dejarlos ahí, en la corriente, y nosotros entregarnos desnudos a la luz.

Pero todo llega y la fiesta también. Sergio, el muchacho que tomaba el sol en la terraza se fue ya, muy enfadado con un Genaro Medina Jones a quien ni la muerte ha podido apagar el deseo. En su momento de posesión de la ira, Sergio amenaza a Genaro; pero es en vano, nunca podría hacer nada contra él; el único señor de esta muerte es otro: Diego Castro, el amante despechado, el sólo propietario de esta muerte por toda la eternidad hasta el final sin fin del tiempo. Diego Castro será siempre el único señor de la muerte de Genaro Medina Jones, el exquisito miembro de la familia, de madre inglesa y amigo de Elsa a quien ayudó a preparar la fiesta y a redactar las invitaciones.

La música se escucha aún, Lolita Garrido al piano prolonga sus acordes, da nueva luz a partituras olvidadas; cuando calle es posible que nunca más se vuelvan a escuchar.

Aquella casona del Sur, donde olía a papas con alcauciles, siente que se están cerrando muchas cosas, que las últimas pasiones se están perdiendo y que ese tiempo que fue el suyo abandona ya poco a poco su razón de ser.

Cierro el libro y con él el tiempo. Las luces de la fiesta, mortecinas ya, no iluminan sino salas vacías, copas sucias, platos con restos de comida. Cierro el libro y me parece que no ha terminado nada. Siento su prolongación, su posesión de mí. Siento que mi tiempo empieza a participar de su tiempo; que cuando las palabras se vayan borrando, un silencio poderoso se adueñará de mí; y entonces, ante este invulnerable clamor, no sabré en qué extrañas regiones he estado, apuraré mi copa y dejaré huella ebria de esta confusión y desearé a Elsa la más feliz de las muertes.

Antes de partir pasé una última mirada sobre todas las cosas, veré la silueta oscura de una estatua de madera, aquella que representa un cosaco al que llamaron Vladimir, hijo de las heladas estepas del Don que vino a parar aquí, a estos calores y humedades del Sur. En el último momento veré que Elsa lleva ya en su cuello y por toda la eternidad una marca indeleble: al final ha sido besada por Vladimir, al final ella también lleva la marca del beso del cosaco: felices aquellos que sean alcanzados por esta bendición.

Salgo al exterior, a la noche calma y perfumada del Sur, camino muy despacio, para que ni el más mínimo rumor de mis pasos perturbe la noche.

Me alejo y de vez en cuando dirijo mi mirada hacia la casona sumergida en la noche. Cierro la cancela y tiro la llave en cualquier lugar.

Me alejo y aún resuenan en mí los ecos de la fiesta, y esa música permanecerá en mí para siempre, tenue como un crepúsculo atlántico, una música que nadie sino yo puede oír.

Con la punta de mis dedos rozo mi cuello. Pero no encuentro rastro alguno del beso del cosaco.

Madrid, noviembre 2015
A Eduardo Mendicutti, agradeciéndole siempre su escritura y su gentileza, y las fotos con que ha ilustrado este texto.

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El beso del cosaco
Eduardo Mendicutti

Eduardo Mendicutti

El beso del cosaco es una novela del año 2000 del escritor gaditano Eduardo Mendicutti. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1948, es el autor de una buena cantidad de libros de los que voy a destacar: El palomo cojo, Fuego de marzo, Una vida para vivirla contigo, Siete contra Georgia, Ganas de hablar, California, Los novios búlgaros, Una mala noche la tiene cualquiera… No están citados en orden cronológico. En ellos podemos encontrar desde lo más divertido hasta lo más triste, desde la evocación de la infancia y esa “búsqueda del tiempo perdido” de algunos relatos de Fuego de marzo al humor de Siete contra Georgia. Sólo un escritor muy versátil es quién puede trabajar en esta multitud de registros.
Es difícil destacar alguno sobre los demás, pero puedo decir de qué manera me conmovió Fuego de marzo (citando por ejemplo los relatos La tórtola o Para Marcel), donde nuestro autor se revela un maestro en el cuento corto, género especialmente difícil.
En cuanto a “Cosaco”, y tomado de las notas de la editorial: “Vuelve, en cierto modo, al mundo de El palomo cojo, pero desde la memoria distorsionada por la distancia de una anciana de noventa y dos años.”
Es el regreso de esta mujer a una casona donde huele a papas con alcauciles marca el inicio de una fábula donde –no sé si hablar de “realismo mágico”- vivos y muertos entremezclan sus vidas y sus muertes en una especie de bellísima danza literaria. Y no hablo de la fiesta proyectada donde se dará fin al libro, todo él es una danza, o al menos yo como lector me sentía arrastrado a ella: la lectura siempre es una aventura subjetiva y conviene dejar de lado todo lo reflexionado anteriormente para poder emprender la experiencia literaria como si fuera siempre la primera vez. Pero no se puede olvidar que si hay algo que unifica toda esta serie de personajes, no sólo entre ellos sino con el mismo lector, es la presencia perenne de una estatua, un cosaco de madera al que alguien de esta familia llamó Vladimir.
Disfrutemos de la lectura de El beso del cosaco y no nos hagamos preguntas, vivamos el libro como la gran aventura que es y si al final Vladimir nos besa… que sea bendecido aquél que reciba este beso.

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