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La parábola del rosa

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enero 2, 2016 por patriciamartinrivas

Aquel día, hace unos meses, me dio por ir a un McDonalds. Llevaba años, sin exagerar, sin comprar nada en la cadena; pero me dio por ahí, yo qué sé. Me envalentoné, obviando mis veintiocho años, y pedí un Happy Meal.

Cuando abrí la caja, me sorprendió lo que encontré dentro: un juguete de niña. No había dudas: había un folleto explicativo que se dividía en dos partes claramente definidas: a un lado, rosa, blanco, morado, tranquilidad, brillo; al otro, rojo, negro, agresividad, tensión. Al tener vagina, a mí me asignaron un carácter puro y purpurinoso y, sin ni siquiera consultarme, me dieron un juguete acorde con ello: un gatito morado.

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Me pareció horrible. ¿A las niñas les endosaban los gatitos —morados, rosas—? ¿Los niños tenían que disfrutar de los rojinegros robots? ¿Y si una niña quería un oscuro robot? ¿Qué tal si un niño prefería un gatito —con su correspondiente tono rosa o morado—?

El caso es que un niño de unos seis años que estaba en la mesa de al lado, quiso mi gatito. Me lo dijo con los ojillos. Al principio, todo sea dicho, le sorprendió sobremanera que una niña tan mayor tuviera un juguete. El pequeño se fue acercando poco a poco a mi mesa, tímidamente, alargando el tiempo en que me mantenía la mirada (cada vez más suplicante, cada vez más esperanzada). Cuando estaba a mi lado, le ofrecí mi gatito morado y lo aceptó sin hablar, asintiendo sin perder la vergüenza. Sin embargo, su madre, vigilante en todo momento, soltó con aplomo:

—No, hijo: ese juguete es de niña.

Oh, no. Aquella mujer estaba verbalizando (y, por ende, perpetuando) el modelo binario del aquel panfleto con olor a hamburguesas: ese niño contaba con una cualidad innata para no jugar con un gatito morado: tenía pene. Pero ¿por qué carajo un gato es femenino? ¿Y por qué demonios el morado se asocia con las niñas?

Le di el gatito al pequeño, haciendo oídos sordos al comentario de la madre. Él sonrió con brillo, contento con su nuevo regalo, (cuasi) ajeno a las convenciones sociales relacionadas con su género.

A saber dónde está ese gatito. Pobre gatito: castigado —quizás— por ser demasiado femenino. Y pobre robot: en manos de niños que —quizás— anhelan gatitos, alejado de niñas que —quizás— desean tenerlos.

Los anuncios de la televisión son como los panfletos del McDonalds: asignan claramente ciertos juguetes a cierto género, de una manera muy específica, como ya hemos explicado antes. Pero ¿qué pasaría si los anuncios para las niñas fomentaran la competitividad y los destinados a los niños, la ternura? ¿Habría un cambio social de algún tipo? Más aún, ¿por qué fomentar la división de roles?

A raíz de esta idea, hemos hecho un pequeño experimento en que intercambiamos la imagen y el audio de los anuncios de juguetes, con el objetivo de crear una fricción y de que resalten las diferencias mencionadas. ¿Qué impacto provocan los tonos rosados acompañados de una voz? ¿Y el color negro con voces de pito cantarinas?

Me pregunto si los anuncios asociados con mi condición genital tuvieron algo que ver con mi gran amor por las Barbies. Tenía una habitación destinada a una gran ciudad en miniatura para mis pequeños personajes de Mattel: una mansión, casas más pequeñas, una peluquería, un coche que se convertía en una mesa de picnic, una escuela, una piscina y varias cosas más. (Recuerdo unos Reyes especialmente felices en que me trajeron un baño, ¡con váter!, y mis personitas ya no tendrían que hacer sus necesidades en el campo.) En realidad, la ciudadanía de mis juegos no estaba muy equilibrada: tenía más de veinte Barbies y unos tres o cuatro Kenes. Recuerdo historias de mujeres empoderadas —profesoras, científicas, socorristas—, en la que los personajes masculinos eran mucho más planos (eran, básicamente, los novios, con los que, en el ocaso de mi etapa de juegos con muñecos, hasta se acostaban). Me pregunto por qué las Barbies eran mucho más interesantes que los Kenes y, encima de todo, por qué sus relaciones eran bien heterosexuales, bien asexuales. 

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Recuerdo jugar al Scalextric una vez al año, el día de Reyes con mi primo (sí, por supuesto, niño) y disfrutarlo mucho, pero moderadamente: al fin y al cabo consistía solo en ir en círculos, ir en círculos, ir en círculos. Quiero pensar que, dentro de todas las influencias comerciales asignadas a mi género, elegí las Barbies porque iban acorde con mi carácter tranquilo y mi gran propensión a la imaginación y a la creación de historias. Al fin y al cabo (ay, consuelo deseado) no cumplía con todas las convenciones: nunca me gustó el rosa.

Oh, aberración, una niña a la que no le gusta el rosa. Sálvese quien pueda.

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3 pensamientos en “La parábola del rosa

  1. Joaquín dice:

    Muchas gracias por compartir tu experiencia. Soy padre de una niña de 7 años y es una lucha diaria intentar romper con los patrones tradicionales que desde el tipo de juguetes dictan lo que “debe ser” niña o niño. Pero cuando veo a mi pequeña hija que se cuestiona tales patrones, me doy cuenta que poco a poco las cosas van cambiando. Es una lucha conjunta de mujeres y hombres. Gracias nuevamente.

  2. CARMEN OBANDO dice:

    ESTAMOS EN PLENO SIGLO 21 Y TODAVÍA TENEMOS EL CEREBRO ANQUILOSADO, POR DIOS HAGAMOS ENTENDER A LA GENTE; QUE LA ÚNICA DIFERENCIA ENTRE HOMBRE Y MUJER SON NUESTROS GENITALES Y LA MANERA COMO SE SIENTA CADA PERSONA, RESPETANDO SIEMPRE AL OTRO COMO ES, PERO YA BASTA DE DIFERENCIARNOS POR COLORES O POR LA MANERA D VESTIR.

    EN NOSOTROS LOS ADULTOS ESTA EN CAMBIAR ESO. Y ME GUSTARÍA QUE TODOS APORTAMOS CON UNA IDEA Y LA APLICAMOS. “QUE LES PARECE”

    PONGAMOS ESA IDEA EN EL F

  3. […] artículo relacionado con la campaña y toda la iniciativa en la página de #JuguetesSinGénero en […]

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