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¡Mujer, despierta!

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marzo 7, 2016 por orbdiv

Cuento de Marta Serrano: intentando cambiar el mundo desde 1986.

“¡Mujer, despierta!” Era una de las frases favoritas de Olympe, siempre comenzaba así, cualquier conversación, aunque en realidad todas las conversaciones eran siempre la misma, convencer al mundo de que la mujer tiene los mismos derechos que el hombre, convencer incluso a la propia mujer de que los tiene. Pobre Olympe… cuando la veo ahí colgada no puedo evitar pensar si la lucha mereció la pena, si sirvió de algo, si alguien le recordará dentro de unos años cuando yo ya haya muerto. ¡No! No debo pensar eso, a ella no le gustaría, ha muerto como un hombre, por lo menos para eso ha conseguido ser iguales… Me gustaría subir al patíbulo y decirle ¡mujer, despierta! ¡Recoge tu cabeza y lucha! ¡Por tu vida y por tus derechos! ¡Despierta! ¡Despierta! Despierta… ¡Olympe, despierta!

Jeanne rompe a llorar, la multitud que se había congregado en la plaza empieza a dispersarse, pero nadie repara en ella. La decapitación había sido todo un acontecimiento, no faltó nadie, incluso el rey hubiera acudido de no ser porque a él lo decapitaron meses antes. Olympe era una mujer muy conocida en la ciudad, aunque no se puede decir que todo el mundo la quisiera. Era Olympe la loca, la feminera de Gauges, incluso gentes que nunca la habían visto hablaban de ella, en toda Francia se escuchaban historias sobre ella, en algunos lugares era la heroica mujer que luchaba por conseguir un mundo mejor, en otros era un pobre loca y en la mayoría era casi la encarnación del mismísimo Lucifer, una revolucionaria que luchaba contra la propia revolución, una loca que avocaba a las masas a continuar la lucha por los derechos de todos los ciudadanos cuando la lucha ya se había dado por terminada. Jeanne conoció a Olympe hace muchos años, cuando todavía se hacía llamar Marie. Acababa de llegar a París y no tenía donde dormir, aunque no tenía la costumbre, Jeanne la invitó a quedarse en casa, la vio tan sola y desvalida… Enseguida se hicieron amigas, Marie no tenía mucho dinero pero le enseño a leer y escribir, por su parte Jeanne demostró gran destreza e inteligencia y aprendió enseguida, ávida de conocimiento empezó a leer cuanto caía en sus manos, pronto las dos mujeres comenzaron a mantener profundos debates sobre literatura y más tarde sobre la vida.

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“Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El potente imperio de la naturaleza ha dejado de estar rodeado de prejuicios, fanatismo, superstición y mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y la usurpación. El hombre esclavo ha redoblado sus fuerzas y ha necesitado apelar a las tuyas para romper sus cadenas. Pero una vez en libertad, ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuando dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible. Cualesquiera sean los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con desearlo.” Las palabras de Olympe se agolpan en la mente de Jeanne, le retumban una y otra vez “el rebato de la naturaleza”, “romper tus cadenas”, “mentiras”, “libertad”, Libertad, LIBERTAD, en ese momento siente la extrema necesidad de salir corriendo y corre, recorre las callejuelas de París hasta llegar a su casa, recoge algunas de sus pertenencias en un hatillo y sale corriendo de nuevo a la calle y sigue corriendo hasta que se encuentra en el camino a Lyon.

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¿Qué voy a hacer yo sin Olympe? ¿Cómo continuar la lucha sin ella? ¿Quién me dará aliento cuando desfallezca? ¿Quién me recordará que no debemos rendirnos? Tengo sus palabras en la memoria, pero no la tengo a ella. ¡Olympe! ¿Por qué has dejado que te hicieran esto?

En todo el viaje a Lyon, Jeanne no conversó con ningún otro viajero, apenas probó bocado, se limitó a observar a las gentes con quien se cruzaba, a escuchar lo que decían. Casi todos terminaban hablando de la decapitación de Olympe de Gauges, era curioso cómo las voces van transformando la historia, incluso llegó a escuchar que la guillotina no pudo cortar su cuello porque el demonio la protegía y ante el asombro de todos los presentes consiguió decapitar a su justiciero y desaparecer entre la multitud. ¡Cuán grande y perversa puede ser la imaginación humana!

Jeanne nunca fue como Olympe, nunca le gustó hablar en público, alborotar a las masas, ella se conformaba con hablar con pequeños grupos de vecinos, charlar tranquilamente y darles a conocer sus ideas, nunca fue revolucionaria. A pesar de ello siempre apoyó a Olympe, iba con ella donde hiciese falta, pegaba carteles, repartía panfletos, iba de puerta en puerta invitando a la reunión, intentaba calmar los ánimos cuando algún hombre se sentía ofendido al escuchar cosas como que las mujeres también tienen derecho a votar o que también son ciudadanas. Jeanne disfrutaba estando en la sombra, Olympe sin embargo adoraba sentirse escuchada, incluso se regocijaba en los insultos que “las gentes sin cerebro ni corazón” le remitían, era una persona nacida para expresar, lo intentó de todas formas, pintando, escribiendo, actuando, pero nunca consiguió tanta atención como cuando comenzó a dar discursos sobre las mujeres. Hubo un momento en que París besaba sus pies, era una diva, era la reina de la revolución porque gracias a su empeño habían conseguido que el rey volviera a París.

¡Qué buenos tiempos pasábamos entonces! Íbamos al cabaret, nos invitaban a cenar, la gente nos sonreía allá donde fuéramos, bueno, le sonreían a ella, pero yo siempre iba a su lado. ¡Era tan feliz! Siempre antes de dormir hablábamos durante largo rato, en esa época Olympe estaba convencida de que lo lograríamos, las mujeres seríamos reconocidas como personas, “los hombres nos tratarán como iguales, sin violencia, sin prejuicios, nos mirarán a la cara cuando nos hablen y podremos darles una bofetada si se propasan”, pobre Olympe, muerta sin ver cumplido su sueño, utilizada, manipulada por un hombre… Nunca lo reconoció pero Jean-Paul le engañó, le hizo creer que su causa era la misma, que los dos luchaban por lo mismo, pero cuando consiguió lo que a él le interesó le abandonó como un perro ¡maldito Marat! ¡Cómo lloraba la pobre! Ella pensaba que la amaba, pero todo era un cuento, ¡había caído en la misma trampa que pregonaba!

Ya en Villefrance, casi en Lyon se cruzo con dos jovencísimas mujeres que le recordaron el momento en que conoció a su amiga, decidió escuchar su conversación y pronto unas palabras penetraron en su oído y llegaron hasta su corazón “Olympe de Gauges nunca debería morir” Olympe no debería morir… Entonces una idea borró todo lo demás, “a Marie no la puedo recuperar, pero Olympe está aquí, su espíritu, sus impulsos, su ideas… Olympe no morirá jamás”.

#27N

Poco tiempo después se anunció por toda Francia que Olympe de Gauges daba una conferencia en París, entre curiosos, miedosos, supersticiosos y realmente interesados cerca de un millar de personas se aglutinaron en la misma plaza donde se le había dado muerte. La persona que salió no era la Olympe que todos conocían, pero en cuanto empezó a hablar nadie dudó de que fuera ella:

– ¡Mujeres, despertad! Nosotras, las mujeres, hace mucho tiempo que estamos marchando para denunciar y exigir el fin de la opresión a la que somos sometidas por ser mujeres, para que la dominación, la explotación, el egoísmo y la búsqueda desenfrenada del lucro que traen injusticias, guerras, conquistas y violencias tengan un fin.

>>De nuestras luchas nacerán nuevos espacios de libertad para nosotras, nuestras hijas, nuestros hijos, para todas las niñas y los niños que, después de nosotras, caminarán sobre la tierra.

>>Estamos construyendo un mundo donde fluya un intercambio sin barreras, donde la palabra, los cantos y los sueños florezcan. Este mundo considerará a la persona humana como una de las riquezas más preciosas. Un mundo en el cual reinará, equidad, libertad, solidaridad, justicia y paz. Un mundo que, con nuestra fuerza, somos capaces de crear.

Esa tarde fue Jeanne la que hablaba pero desde 1793 muchas mujeres han compartido el espíritu de Olympe. En Francia, en España, en México, en China, o donde quiera que se trate mal a una mujer, siempre habrá otra luchando por defenderla, siempre estará Olympe recordándonos que esto no puede ser así, porque ya lo dijeron las dos jovencitas en Villefrance: “Olympe nunca debería morir”

Olympe de Gouges

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Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana

Como señaló Nuria Varela en su obra Feminismo para principiantes, no lo estudiamos en el colegio, pero los grandes principios con los cuales la Ilustración y la Revolución francesa cambiaron la historia (libertad, igualdad y fraternidad), no tuvieron nada que ver con la mujeres. Elegir fraternidad sin sororidad no fue casual y, de hecho, “de aquel momento histórico las mujeres salieron peor de lo que entraron”.

En Francia, en pleno proceso revolucionario, el 28 de agosto de 1789, se proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y “no hubo un uso sexista del lenguaje: hombre no quería decir humano o persona. Se refería exclusivamente a los varones”.

Las mujeres fueron excluidas así de la ciudadanía antes de ese 28 de agosto. Ellas habían participado a través de Los Cuadernos de Quejas, redactados en 1789 para hacer llegar a los Estados Generales (una especie de Parlamento que después se constituyó en Asamblea Nacional), por los tres estamentos: clero, nobleza y el pueblo, pero los Cuadernos de Quejas de las mujeres no fueron tenidos en cuenta y se proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, ignorando “sus” peticiones. Nació entonces el feminismo, como teoría y práctica.

Frente a esta Declaración, dos años más tarde, Olympe de Gouges publicó la réplica feminista: la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”, como formulación política en defensa del derecho a la ciudadanía femenina. Denunciaba con ella que la revolución había denegado los derechos políticos a las mujeres y, por lo tanto, que los revolucionarios mentían al enarbolar la bandera de principios “universales” como la igualdad y la libertad, al rechazar mujeres libres e iguales.

Fuente: Feminismo para principiantes, 2005, Nuria Varela.

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