Google+

Neoliberalismo, ¿una nueva forma de fascismo?

1

marzo 18, 2016 por orbdiv

¿Nos equivocaremos mucho si, en este estado de cosas, llegásemos a identificar el neoliberalismo con una forma nueva, evolucionada, pero igualmente perversa, de fascismo?
Un artículo-reflexión de Antoine.

Cuando el 27 de enero de 1945 el Ejército Rojo alcanzó Auschwitz quedó al descubierto a los ojos del mundo un horror inimaginable. Deberíamos preguntarnos cuánto de ese horror sigue vivo en nosotros, si lo hemos olvidado 71 años después, si debe ser olvidado o si, por el contrario, debe servirnos perpetuamente como una llamada de atención a cuanto significó y plantearnos incluso si el olvido no significaría aquí una peligrosa lacra moral en la que no deberíamos caer.

La imagen del portalón de entrada del campo de Auschwitz Birkenau, con la vía férrea dirigiéndose hacia ella, forma parte por derecho propio de nuestro imaginario colectivo más sórdido: sabemos que lo que se encontraba tras esos muros sobrepasa nuestra capacidad de horror. Sabemos que aquí no ocurrió solamente la aberración de un exterminio: se trataba además de una fría planificación industrial de la muerte.

Estación-de-Grunewald,-Berlín-2

Cuando Hannah Arendt nos dice que con la muerte del último judío asesinado en Auschwitz murió el ser humano, ¿debemos creer y hacer nuestra esta afirmación o, por el contrario, quedó viva alguna esperanza? Ignoro la respuesta a esta pregunta, pero creo que una vez ocurridos acontecimientos como el Holocausto, los Gulag soviéticos o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki nada puede ser igual después.

En su ensayo de 1945 Las semillas de una Internacional fascista, Arendt nos advierte que la derrota de Alemania significa una pérdida de territorialidad pero a la vez una dispersión mundial para esta internacional, la cual no puede darse por satisfecha con la dominación de un país concreto: por su propia naturaleza debe aspirar “a la conquista y al gobierno de todo el mundo”.

Una vez visto que la derrota del Estado nacionalsocialista alemán no implica la desaparición del movimiento, forzoso es admitir el hecho incontestable de su persistencia; la dispersión de los elementos que lo constituían en Alemania, y que sobrevivieron a la guerra, conlleva el hecho de su mayor internacionalización: Siempre han estado ahí. Siempre han formado parte, pequeña o grande, de nuestras sociedades.

En el mismo ensayo nos dice en otro pasaje: “Es obvio que en la opinión de los nazis una mera “derrota” de Alemania significaba la ruina del movimiento fascista; pero, por otra parte, la completa “destrucción” de Alemania ofrece al fascismo una oportunidad de invertir el resultado de esta guerra en una derrota meramente temporal del movimiento”. Debemos entonces adquirir plena conciencia de la gravedad de lo que está en juego e interrogarnos sobre la pervivencia y evolución del movimiento fascista.

Hemos visto el surgimiento, más o menos esporádico, de reproducciones fidedignas de modelos estéticos de la Alemania naz: grupos neonazis que hacen uso y ostentación de estas formas externas y son muy localizables e identificables por ese mismo motivo (otra cosa sería ver de qué manera es consentida por el poder la existencia de los mismos). Es mucho más importante y peligrosa su existencia cuando no se ve, cuando de una forma sutil está presente en individuos, grupos, partidos políticos, etc. mediante actitudes de cerrazón, inmovilismo, racismo, xenofobia, etc.

Estación-de-Grunewald,-Berlín-1

Estamos asistiendo en estos momentos, ante la avalancha de refugiados procedentes de países como Siria y Afganistán, al recrudecimiento de un discurso que recuerda demasiado nítidamente a las antiguas soflamas de los nazis. No hay más que, tomando la perorata actual, substituir las referencias islamófobas y xenófobas por las antiguas del antisemitismo de los años 30 para encontrar una reproducción casi literal. El atávico odio europeo al “otro” se focaliza actualmente en los musulmanes a quiénes se les ve en bloque como la amenaza de desestabilización de las sociedades europeas. Para los nazis eran los judíos el cáncer que roía todas las estructuras sociales y se apoderaba de ellas.

Estamos asistiendo al horrendo espectáculo de estos refugiados ahogándose en el Egeo, hacinados ante las alambradas que ha dispuesto Hungría para ellos, despojados de sus pertenencias “para pagar los gastos de su manutención” en países tan tradicionalmente tolerantes como Dinamarca o Suecia, y todo eso unido a la subida al poder de partidos de extrema derecha en muchos países europeos, sin olvidarnos que el fenómeno marcha paralelo a la conversión de muchos de ellos en paraísos fiscales en esta era del triunfo del neoliberalismo.

Los problemas de marginación, densidad de población y pobreza son innegables en los suburbios de las grandes ciudades europeas donde se hacinan, muchas veces sin estudios ni trabajo, los nietos y biznietos de aquellos primeros inmigrantes que vinieron a Europa como mano de obra barata buscando una vida mejor que la que tenían en sus países de origen. La ausencia de políticas inteligentes de integración demuestra que Europa nunca tuvo interés alguno en ello: la búsqueda del beneficio fácil y rápido fue lo preponderante y los resultados fueron naturalmente de pobreza, paro, desescolarización, drogas, marginación, etc. que conducen a hacer de estos suburbios auténticos nidos de fundamentalismo.

Los grupos neonazis siempre han manifestado su presencia en Europa: edificios habitados por emigrantes turcos han sido incendiados por los hijos de Hitler en más de una ocasión, ¿qué ocurrió con los responsables? ¿Fueron castigados o se optó por mirar para otro lado? Bandas de ideología de extrema derecha han estado siempre ahí, al amparo de los clubs de fútbol, ¿por qué no se las ha neutralizado, siendo como eran bien localizables, y a la vez no se ha impuesto a los clubs que las han amparado sanciones ejemplares? No nos llevemos ahora las manos a la cabeza ante el resurgimiento de grupos neonazis debido a la tragedia que han bautizado como “crisis migratoria”: han estado siempre ahí y no los hemos querido ver.

Estación-de-Grunewald,-Berlín-3

A partir de los años 80 del siglo XX se vio claramente cuál era la partida que se iba a jugar: Son los años de Reagan y Thatcher. Significaron el triunfo del neoliberalismo con su carga de violencia y de pérdida de derechos sociales y laborales. Su lógica brutal empezó a manifestarse a la vez que los políticos iban poco a poco desapareciendo, siendo substituidos por una casta de “comisarios políticos del gran capital” como los calificó el gran Saramago. La caída del muro de Berlín no inauguró una era de paz y prosperidad como en algún momento llegamos ingenuamente a pensar, por el contrario comenzaba una época en la que el triunfo absoluto del capitalismo nos llevaría a situaciones de gran hundimiento de derechos y valores. Con el fin de la Guerra Fría se hizo necesaria la existencia de un nuevo enemigo y ese papel lo vino a desempeñar el islam radical, ya en el poder en Irán desde finales de los años 70, cuya población vivía y vive aún bajo la dictadura de los clérigos; es imprescindible no olvidar una de los primeras acciones que contribuyeron a engordar el monstruo fundamentalista: la ayuda americana a los guerrilleros muyahidines que combatían al invasor soviético en Afganistán.

Al mismo tiempo, el desarrollo armamentístico alcanza cotas no imaginadas anteriormente y asombran al mundo las armas por la sofisticación alcanzada como se vio en la guerra de las Malvinas (1982) o la primera de Irak (1991); sirven de escaparate para todos los países de lo que les espera sino se someten de buen grado a las directrices de las grandes potencias y, a la vez, de marketing mortífero para la venta del nuevo armamento.

La caída del bloque comunista hace innecesario el mantenimiento del Estado del Bienestar, conquistado por la lucha de los trabajadores y nutrido por el sistema como una burbuja de felicidad que impidiera al trabajador occidental ser seducido por las tentaciones del socialismo. El obrero de cualquier industria occidental pronto empezaría a lamentar la caída del bloque soviético. No porque tuviera afinidades comunistas, sino por el hundimiento que experimentaron su nivel de vida y sus derechos y la rebaja o supresión de las prestaciones sociales de que disfrutaba. El elevado coste de la fabricación en occidente provoca el desmontaje de las industrias y su traslado a extremo oriente, donde los costes son bajísimos y los trabajadores ejercen su oficio en condiciones pura y simplemente de esclavitud (incluido el trabajo infantil) que, salvo honrosas excepciones, a nadie importan por nuestras latitudes si con ello se alcanzan los elevadísimos beneficios esperados.

El capital no crea ya riqueza y se convierte en pura especulación; se va generando así un sistema absolutamente impersonal y deshumanizado en el que las grandes élites viven cómodamente y sin riesgo alguno detrás del muro protector de sus sicarios a sueldo: políticos, policías, ejércitos, prensa adicta e incluso, si se tercia, una iglesia que todo lo bendiga.

Estación-de-Grunewald,-Berlín-4

Para detener los movimientos sociales se necesita una legislación a la medida de la banca, a través de la que se criminalice la protesta y se asegure el fin de la educación y la sanidad públicas. Los gobiernos legislan buscando el beneficio máximo de la minoría financiera a la que sirven y de ninguna manera el bien común. Así Jorge Alemán Lavigne, en su artículo Horizontes neoliberales publicado el 5 de febrero de 2016 en El Diario, Zona Crítica, nos dice: “Para todo el mundo ya es posible imaginar un mundo regido por corporaciones que organizarán de un modo cada vez más ilimitado el saqueo de las materias primas, los recursos naturales y la destrucción absoluta de las soberanías populares.”

En julio de 2015 pudimos asistir al hecho de que, tras agotadoras negociaciones, Grecia se veía al fin abocada a aceptar las condiciones de un rescate que aún llevaría más miseria a su pueblo. La gobernante alemana, secundada por su ministro de finanzas y una Europa dócil, pisoteaba con su bota toda aspiración del pueblo griego de salir a flote de su hundimiento; sin importar absolutamente nada la auditoría previamente realizada que declaraba la deuda contraria a los derechos humanos.

Resulta tragicómico pero muy ilustrativo que, ante cifras tan astronómicas de deuda, los acreedores hagan hincapié en la rebaja de las pensiones más bajas dejando sin tocar las grandes fortunas y a aquellos banqueros y políticos corrompidos que habían llevado a Grecia a su situación actual bien seguros de su impunidad. El 17 de julio de 2015, Gerardo Tecé publicó un artículo en Ctxt.es titulado La banalidad alemana que ilustra muy lúcidamente el tema: recordando a Adolf Eichmann -que jamás sintió responsabilidad moral por los actos que cometió como encargado de la logística del transporte de los prisioneros a los campos de concentración y exterminio-, el autor del artículo nos habla de “esa maldad que no lo es si se produce en un entorno que la acepte como válida.”

El mes de julio de 2015 sufrimos una tremenda y abrumadora derrota moral. Demostraron que no van a ceder un ápice de su línea y que la utilización del chantaje, y de la fuerza si llegara el caso, no les es ajena (no nos extrañemos si alguna vez llegan al recurso de la guerra). Cumplen su deber sin responsabilidad moral por ello. Adolf Eichmann también lo cumplió organizando y dirigiendo esa infraestructura de trenes que llevaron a millones de personas al internamiento y a la muerte.

En el anteriormente citado ensayo Las semillas de una Internacional fascista su autora reflexiona hacia el final del mismo: “No debería olvidarse que el eslogan de una Europa Unida, incluso cuando estuvo inequívocamente claro que significaría sólo una Europa regida por alemanes, se reveló como el arma propagandística de mayor éxito de los nazis.”

En el texto Sueño y pesadilla de 1954 nos advierte: “Nuestra esperanza en que la emergencia de una Europa federada y la disolución del actual sistema de naciones-Estado harán del nacionalismo en sí una cosa del pasado puede ser injustificadamente optimista.”

¿Nos equivocaremos mucho si, en este estado de cosas, llegásemos a identificar el neoliberalismo con una forma nueva, evolucionada, pero igualmente perversa, de fascismo? ¿Quizá nos vendría bien recordar que el gran José Saramago dijo en una conferencia: “la alternativa al neoliberalismo se llama conciencia”?

Textos consultados:

Hannah Arendt. Ensayos de comprensión 1930-1954. Caparrós Editores 2005: Las semillas de una Internacional fascista. 1945

Hannah Arendt. Ensayos de comprensión 1930-1954. Caparrós Editores 2005: Sueño y pesadilla. 1954

Jorge Alemán Lavigne. Horizontes neoliberales. El Diario, Zona Crítica. 5 de febrero de 2016

Gerardo Tecé. La banalidad alemana. Ctxt.es. 17 de julio de 2015

Anuncios

Un pensamiento en “Neoliberalismo, ¿una nueva forma de fascismo?

  1. Es una reflexión interesante, la oligarquía neoliberal como gobierno mundial al estilo nacionalsocialista. No es una idea nueva, pero está bien expuesta. Buen post!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

www.orbitadiversa.org

Únete a otros 908 seguidores

Visitas

  • 2,620,669 visitas

En nuestra órbita

Archivos

Mapa Visual de Tánger (en Ramadán)

A %d blogueros les gusta esto: