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Se me va a pasar el arroz. ¿Y qué?

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abril 12, 2016 por Dani Curbelo

Hace ya unos años que el concepto “procrear” se está dejando de utilizar y en su lugar hablamos de “reproducción humana”.

En nuestra sociedad, en la mayoría de los casos, reproducirse conlleva aceptar todo un conjunto de prácticas, condiciones y propósitos englobados dentro de un nuevo rol o status social: Ser madres y/o padres.

Hay gente que quiere y no puede.

Hay gente que puede y no quiere.

Hay gente que quiere y que puede.

También existen personas que no quieren ser madres ni padres.

¿Y a qué me refiero con “poder”? Hablando en términos biologicistas, esos que nos lanzan continuamente como dardos a las personas trans, a las mujeres que desean abortar y a todas las personas que rompemos con el discurso médico-supremacista, la reproducción es ese proceso biológico a través del cual una especie podrá crear nuevos organismos pertenecientes a la misma. En los manuales y enciclopedias, “la reproducción humana se basa en la unión sexual, es decir la fecundación interna, entre dos individuos con niveles óptimos en su sistema hormonal, nervioso y reproductivo”. Según esta afirmación, la reproducción humana necesita la copulación entre “hembras” y “machos” fértiles. Pero, ¿qué sucede con otros mecanismos de reproducción como la fecundación in vitro?

Aquí abrimos el enorme abanico de los disparates fundamentados en cuestiones religiosas y moralistas. “La Iglesia es contraria desde el punto de vista moral a la fecundación “in vitro”, ésta es en sí ilícita y contraria a la dignidad de la procreación y de la unión conyugal”, afirma la Agencia Católica de Informaciones (ACI) en América Latina, y sentencia: “La esterilidad, cualquiera que sea la causa, es una dura prueba.”. ¿Una “dura prueba”? ¿Y quién de nosotras ha querido participar en esta gincana del sufrimiento?

Más allá de este tipo de necedades que atentan contra el derecho de cualquier persona, pareja o grupo que desee y considere oportuno comenzar con un proceso de reproducción asistida, algo contra lo que nunca me manifestaré en contra, vamos a analizar qué es la reproducción humana desde un punto de vista más cultural.

Un proyecto de vida podría definirse como el conjunto de acciones que una persona tomará en su existencia con el objetivo de cumplir con sus deseos y metas. Por lo tanto, un proyecto de vida supone la elección de ciertas direcciones y la exclusión de otras.

Alen Gross, Spores (2014)

Alex Gross “Spores” (2014)

Actualmente, ¿cuáles son las metas que el discurso del sistema capitalista en el que vivimos ha fomentado y promulgado como necesarias para una vida feliz y plena?

 

 

Por un lado está la acumulación de bienes materiales, lo que se traduce en un consumo constante que haga funcionar esta gran máquina apisonadora. Por otro lado está la idea nefasta de que nuestra validez social y humana pasa obligatoriamente por formar parte activa-productiva en este sistema económico a través del trabajo asalariado. Y por último, según el discurso inapelable en esta sociedad de tipo neoliberal, nuestra felicidad y plenitud depende de si tenemos o no descendencia.

Es muy fácil de comprobar. Busca en Google Imágenes “familia feliz”. Como mínimo hay dos chiquillxs por imagen. Y si buscas “pareja feliz” verás como eso de que la heterosexualidad es una imposición adecuada a un régimen político, la “heterosexualidad obligatoria” de la que hablaba Adrienne Rich, no es tan descabellado como creías. Hoy en día, prácticamente todos nuestros mecanismos de comunicación, médicos, educativos, religiosos y jurídicos continúan promulgando la heterosexualidad como la única forma de relacionarnos sexo-afectivamente válida. ¿Por qué? Porque para nuestro capitalismo es mucho más beneficioso (y menos engorroso por cuestiones morales y religiosas) fomentar la unión de dos individuos (mujer/hombre) que a su vez fueron adscritos en base a un sistema reproductor determinado que facilite y permita la reproducción de nuestra especie humana.

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El capitalismo necesita hijas e hijos que continúen participando durante generaciones en la dinámica de producción y consumo. Si no nos reproducimos, esto se derrumba por sí mismo.

 

No obstante, como en los últimos años se han dado muchos movimientos en cuanto a las políticas de adopción en familias homoparentales, el capitalismo también se las ha apañado para promulgar mínimamente una parte de los derechos que exige hoy en día la comunidad LGBTI: el de formar una familia con descendencia. Qué coincidencia, ¿verdad?

Mientras las personas no heterosexuales/cisexuales/cisgénero nos vamos haciendo un hueco dentro de los espacios publicitarios, siempre desde una postura de extrema normatividad como ocurre con todas estas modelos y actrices famosillas lesbianas, bisexuales o trans que cumplen a la perfección con los cánones y directrices que impone la presión estética (juventud, delgadez, “belleza”, erotismo, etc.), el modelo familiar también comienza a transformarse y poco a poco permitir otras posibilidades. El capitalismo es camaleónico por su propio interés de permanencia en el tiempo.

“La familia se trata de una microsociedad que reproduce en semilleros el sistema que la nutre. La gastada afirmación que “la familia es la base de la sociedad”, o “la célula básica”, adquiere plena validez. Lo es porque reproduce todas sus características y porque es la agencia de producción de seres humanos condicionados por el sistema”. – Héctor Anabitarte

Un claro ejemplo de estas nuevas estrategias de marketing y fomento del consumo a través de la normalización de otras realidades (también beneficiosas para el sistema económico) es el anuncio que nuestra querida Coca-Cola sacó hace ya un año bajo el lema «la felicidad siempre es la respuesta». Prácticamente toda la comunidad LGBTI (a nivel global) celebró esta campaña publicitaria por “visibilizar” y “fomentar la normalidad de las parejas no heterosexuales”. Si, es cierto que visibiliza. Concretamente a una familia blanca, de clase media-alta, occidental y formada por dos hombres gays. Seguramente Coca-Cola sí que celebró la enorme subida de sus ingresos a raíz de esta patraña sensiblona (que es lo único que le interesa como empresa). En fin.

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Por su parte, la Iglesia siempre ha promulgado y manifestado su enorme agrado con la institución del matrimonio, la familia y la procreación como valores que cooperan con el amor de Dios. Podríamos decir que de esta visión de la vida nacen las campañas contra el aborto, las medidas anticonceptivas o las uniones no heterosexuales. No obstante, pensemos que la Iglesia, como institución religiosa, necesita un “rebaño” que guiar y adoctrinar en base a sus intereses. Sin bebés a los que bautizar sin su permiso, quienes posteriormente serán creyentes y feligreses, la Iglesia se hundiría. He ahí la auténtica razón por la que esta institución se aferra con sus garras al afán “procreacionista”.

Pero, ¿dónde se encuentran las razones lógicas y fundamentadas, que no respondan a valores de índole religiosa y tampoco a los intereses de nuestro sistema socioeconómico capitalista, para reproducirnos?

La presión está ahí:

“Ser madre/padre es lo más bonito que te va a pasar en la vida”.
“Ya tienes (inserte cifra numérica entre treinta y cuarenta) años y se te va a pasar el arroz”.
“¿Quién va a cuidarme y estar conmigo cuando envejezca?” (esto no se dice tanto, pero sí que se piensa).

 

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Y total, ¿para qué? Pasar por todo un proceso agotador de gestación, cuidado, atención y manutención, que en el mejor de los casos sólo dura entre dieciocho y veinte años (ríete ahora), con la esperanza de que esa persona además nos devuelva afecto y atención como si de una deuda se tratara, ¿para qué? ¿Para poder pasar por un aro de fuego y alcanzar esa prometida felicidad y plenitud? ¿Para seguir sintiéndonos parte de la sociedad y no bichos raros que “atentamos” contra la especie humana?

Debemos tener claro que nuestra realización personal no puede depender de si tenemos o no descendencia.

El desarrollo de nuestra especie no está determinado por el número que seamos. Para un sistema económico capitalista sí, pero pensemos, ¿de qué nos vale seguir creciendo numéricamente si nuestro mundo se encuentra en las peores condiciones por las que ha pasado en tantísimos siglos? Este es un punto crítico en nuestra Historia, y sólo nos interesa lo cuantitativo, pero ¿y lo cualitativo? ¿Y si nos preocupamos por cómo funcionamos, nos relacionamos y por cómo nos encontramos local y globalmente antes de seguir pa’lante con este afán reproductivo?

Como siempre, esto no se trata de decir qué está bien y qué está mal. Se trata de analizar, profundizar y ser conscientes de los motivos y razones que se encuentran detrás del discurso (o del “mito”) reproductivo, para poder decidir con entera libertad qué demonios queremos hacer con nuestros cuerpos y con nuestras vidas.

Dani Curbelo

Un pensamiento en “Se me va a pasar el arroz. ¿Y qué?

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