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No nos acoséis

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julio 20, 2016 por patriciamartinrivas

Cuando tenía diecinueve años, un señor mayor que no conocía de nada comenzó a masturbarse a pocos centímetros de mi cara. Estaba esperando el autobús con una amiga en Madrid a las 4 de la mañana y tenía los ojos cerrados, porque me dolían a causa de las lentillas. Fue mi amiga quien me avisó de que el tipo tenía el pene fuera y se estaba tocando cerca de mis párpados; pero no hicimos nada más que alejarnos y reírnos por la extrañeza de la situación. Ahora, más de una década después y con muchas más herramientas en la manga, sé que no haría eso: actuaría.

«Somos el sexo del miedo, de la humillación, el sexo extranjero.»
(Teoría de King Kong, Virginie Despentes.)

Sin embargo, yo no estaba entrenada entonces para reaccionar de una manera activa, porque a las mujeres (a las niñas) nos enseñan a aguantarnos, a no montar escándalos, a callarnos como buenas señoritas. En la misma situación, un chico de diecinueve años habría reaccionado de un modo muy distinto y lo más probable es que hubiera recurrido a la violencia, porque a ellos se les enseña que hay que defenderse físicamente —que hay que atacar— en situaciones extremas. (Algo que no apoyo, que conste: si me pasara lo mismo hoy en día, no utilizaría la violencia, porque no creo que el castigo físico, sino en la comunicación, que a veces ha de ser incisiva, sí.)

Este tipo de situaciones se han repetido en mi vida con más o menos intensidad (sí: más intensidad; más peligro; más impotencia) y la gran mayoría de las veces no he hecho nada más que callarme y alejarme. Sin embargo, gracias a la lectura de textos feministas, a las reuniones (formales o informales) en las que surge el tema con otras mujeres y a la fuerza y la conciencia que se van acumulando con los años, mi actitud a la hora de afrontar este tipo de conflictos ha cambiado sobremanera.

Y no solo eso: en los últimos días un instinto de protección también me ha impulsado a actuar de un modo más activo. Mi hermana y mi prima, ambas de catorce años, vinieron a visitarme a Berlín, donde resido actualmente. En los diez días que han estado aquí, me he visto en la tesitura de tener que protegerlas del acoso que han estado sufriendo; un acoso superlativo en comparación con mi experiencia hasta entonces en esta ciudad —quizás porque yo voy muy abrigada o porque ya soy una anciana de treinta años o porque no llevo pintalabios—.

[Alemania, oh, tierra de igualdad.]

Desde el primer día, ha habido hombres de más de treinta y cinco años (y de más de cincuenta) que han intentado hablar con ellas, que las han seguido con la mirada señalándoles el culo, que las han silbado, que les han lanzado besos y un largo etcétera. El grado de descaro dependía de si mi novio paseaba con nosotras o no: al haber ya un macho en la manada, los demás se amainaban, aunque sin parar el acoso, cubriéndose de sutilezas: les guiñaban el ojo, caminaban muy cerca de ellas como sin querer, hablaban unos con otros por lo bajini sobre las mujeres (las niñas) que estaban pasando delante de ellos: a unas niñas de catorce años.

Por supuesto, cuando estaban las dos solas, el acoso se incrementaba. Por ejemplo, un día fueron a comprar de noche y, al volver, nos contaban entre risas cómo unos chicos mayores (unos hombres) les habían perseguido, chillado y cortado el paso con la bici. Su reacción fue huir corriendo y tomárselo a broma, porque, al fin y al cabo, eso es mejor que sentir miedo —que dejar aflorar el miedo—, como cuando mi amiga y yo estábamos en aquella parada de autobús y nos reíamos con nerviosismo. Y ellas lo justifican, como hacíamos nosotras, diciendo que los chicos están más salidos, que algunos están enfermos, que es algo que ellos suelen hacer. Porque sí, está normalizado, pero no es —no debería ser— normal: de un modo sistemático, nos hacen (nos hacéis) sentir incómodas al invadir nuestro espacio, nos provocáis asco y, muchas veces, incluso se apodera de nosotras el miedo. Ay, el miedo vive incrustado en nosotras: horrible por normalizado, por el simple hecho de que los hombres se sienten con derecho a acosarnos de muchas formas diferentes.

Todos —absolutamente todos— los días, pues, sentíamos acoso; y estábamos hartas. El último día, la gota colmó el vaso: estábamos esperando el autobús y había un tipo de unos treinta y cinco a la puerta de una hamburguesería con el móvil en la mano. Miró a las niñas de arriba a abajo y se acercó a ellas, levantó el móvil y comenzó descaradamente a hacerles fotos. Cuando le pregunté qué hacía, entró corriendo a la hamburguesería. Nunca recurro a la violencia, pero cada vez creo más firmemente que tenemos que confrontar los conflictos que se nos presentan; por eso, después de dudar durante unos segundos si seguirle o no, en seguida decidí hacerlo. Para mi sorpresa trabajaba en ese restaurante, lo cual me pareció, además de increíble, una buena oportunidad: hablé con un compañero de trabajo suyo y le dije que el tipo les había hecho fotos a dos niñas de catorce años y que era un pervertido (quizás un término fuerte, sí, pero desde luego apropiado). El compañero estaba confuso, mientras el tipo manipulaba su móvil detrás de él rápidamente, sin duda borrando las pruebas del delito. El compañero, buen mediador, me pidió que saliéramos a la calle para hablar con el tipo e —intentando que no se me notara el tembleque de las manos y que la voz no se me quebrara— repetí lo que ya le había explicado. El tipo argumentó que estaba mandando un correo, como si las niñas fueran un módem al que se tuviera que acercar para poder enviarlo, como si hubiera tenido que levantar la mano para que las ondas llegaran de un modo más eficaz o como si, directamente, fuéramos idiotas o —como se nos suele acusar en estos casos— histéricas. Le miré a los ojos y le dije: «Has hecho fotos, has huido cuando te he pedido explicaciones, has borrado las fotos cuando hablaba con tu compañero y ahora estás mintiendo y lo sabes»; y decidí acabar la conversación, para seguir teniendo el control de ella.

«Pero no voy a ser la que obedece, porque mi cuerpo me pertenece.»
(Antipatriarca, Ana Tijoux)

Me sentí orgullosa de haber dado la cara, de que el tipo no hiciera lo que le viniera en gana y saliera impune, de que las niñas me acompañaran físicamente durante la conversación (sentí, desde luego, aquello que llamamos sororidad), de compartir mi vida con un hombre que permaneció atento y a la vez se mantuvo al margen para que nos defendiéramos solas.

No nos merecemos que se nos trate así y por eso tenemos que actuar luchando juntas, no callándonos, explicándoles a los hombres qué hacen mal y exigiéndoles que no lo hagan, compartiendo las (malas) experiencias y aprendiendo a reaccionar cuando nos sintamos atacadas.

Pero no basta con que muchos de vosotros, los hombres, no nos acoséis, sino que también necesitamos vuestro apoyo para conseguir frenar a los que sí lo hacen: no pongáis en duda lo que os contamos, no nos hagáis mansplaining (es muy molesto, en serio), denunciad, asumid que existe la cultura de la violación y tenedlo en cuenta a la hora de relacionaros, entended vuestro privilegio, secundadnos, sed nuestros aliados. Al fin y al cabo no todos los hombres son peligrosos, pero todas las mujeres estamos en peligro.

Patricia Martín Rivas
Ana Medieta

Silueta, Ana Mendieta

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“Señales”, sobre #AcosoEscolar

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