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¿Tu película favorita pasaría el test de Bechdel?

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octubre 27, 2016 por patriciamartinrivas

Las mujeres componemos la mitad de la población mundial, pero en las expresiones literarias y audiovisuales somos, sin lugar a dudas, una minoría. Y no solo eso: se nos representa a menudo de una forma plana, hueca, estereotípica y bobalicona.

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Origen del test de Bechdel

En el cómic Unas lesbianas de cuidado, uno de los personajes creados por Alison Bechdel explica que solo ve películas que cumplan tres requisitos básicos: (1) tiene que haber al menos dos mujeres (2) que mantengan una conversación (3) que no sea sobre un hombre. Así nació el llamado test de Bechdel.

Esta idea sencilla tiene reacciones ampulosas: que si vaya estupidez, que si es discriminatorio, que si no es necesario. Y bueno, pues, no se trata de ninguna estupidez: prácticamente todas las películas, series y novelas cumplen con este requisito a la inversa, es decir, siempre hay hombres que hablan de cosas (de hombres) en todos los espacios culturales.

Pero que no cunda el pánico: este test no pretende que hordas de mujeres cabreadas se líen a cortar penes a diestro y siniestro; ni siquiera busca prohibir y destruir todas las obras escritas, dirigidas y protagonizadas por hombres. Por el contrario, este test lleva primeramente al análisis y la reflexión, después a la consumición de este tipo de productos reales (sí, que dos mujeres hablen de algo que no sea un hombre es puramente real) y, por último, a la demanda y la creación de obras afines. Y es que, aunque parezca mentira, casi la mitad de las principales películas de Hollywood de 2015 no pasarían el test.

Crear piezas que dan espacio y representan a la mujer no implica en absoluto que se establezcan privilegios femeninos, sino que se busca la destrucción de esa realidad extremadamente androcéntrica enraizada durante siglos y siglos en todas las representaciones culturales. Y, todo sea dicho, tales representaciones culturales a menudo supuran ideas machistas por todos los costados, unas veces más obvias que otras, porque no hay mayor ingenio en el arte de la dominación ideológica que la sutileza.

De hecho, estos productos con dosis de machismo están respaldados por instituciones y galardones. Pongamos por caso la película Truman, triunfadora en los Premios Goya de este año. Por supuesto, no hay nada de malo en que una película tenga dos protagonistas masculinos (tres, si se cuenta el perro). Sin embargo, la representación de la mujer como mero objeto se hace innegable en esta película: hay un personaje femenino con un papel más o menos importante, pero su existencia es puramente erótica (se encarga, básicamente, de crear tensión sexual). De hecho, la sexualiza primero su propio primo, Julián, que se disculpa con el médico por llevar de acompañante a su feo amigo en lugar de a su prima, que está tan buena. Julián, enfermo de cáncer, también le dice al médico que le da pena no volver a cruzarse con las enfermeras (qué galán, hay que ver) e incluso le incita a Tomás, su querido amigo, a que le pida ayuda a una de las azafatas para relajarse en el avión con una buena paja. Tal cual. Si estos no son comentarios machistas, que baje Dios y lo vea. Pues bien, esta película de dudosa calidad y con chascarrillos machistas les pareció mejor a los académicos que dos joyas —dos joyas dirigidas por mujeres— que no brillaron demasiado (o nada, más bien): la desoladora Nadie quiere la noche, de Isabel Coixet, con meros reconocimientos técnicos, y la brillante La Novia, de Paula Ortiz, que se merecía todo y se fue prácticamente con las manos vacías. (Ambas pasan el test de Bechdel por los pelos, todo sea dicho, porque prácticamente todas las conversaciones entre las mujeres de estas películas giran en todos a los hombres.) Que La Novia no fuera premiada y que quedara ninguneada ante un rival tan sumamente débil como es Truman solo puede tener que ver con el género —sí, amigos, todo se puede analizar desde la perspectiva de género—. La calidad de este film es suprema y una obra tan sublime sería enormemente halagada por la academia si tuviera firma masculina. Así de simple. Al fin y al cabo, tiene un nivel artístico y gafapastil equiparable al de la también obra maestra Blancanieves, del siempre maravilloso Pablo Berger. La diferencia radica en que Berger se alzó con diez Goyas, una cifra muy superior a las dos estatuillas que pudo rascar Ortiz.

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Premiados en los Goya 2016 (oh, cuántos trajes y corbatas)

Pero ¿por qué pasa esto? Por un lado, los hombres han controlado durante siglos todos los espacios, incluidos los culturales. Si la producción es androcéntrica, el producto es inevitablemente androcéntrico. Por otro lado, las mujeres estamos más que acostumbradas a consumir obras androcéntricas, pero no al revés: existe la falsa creencia de que las historias narradas por mujeres y con protagonistas femeninas están destinadas a un público con vagina. De hecho, algunos hombres alegan que no consumen productos creados por mujeres porque no creen que puedan empatizar con los personajes tan bien como si fueran hombres. Una se queda a cuadros ante tales argumentos. O sea, un tío no puede ver ni disfrutar de Sexo en Nueva York o Girls —que pasan por supuesto el test de Bechdel con la gorra—, porque las protagonistas son mujeres. Eh, pero no son mujeres cuyas conversaciones giren en torno a la regla, al embarazo o a las tetas (propias), sino que hablan de problemas laborales, de irse de vacaciones, de llegar a fin de mes, de pintar la casa, de relaciones, del abismo del futuro. Da igual los conflictos a los que se enfrenten, el argumento se acaba en que son mujeres. Y punto. No me cabe en la cabeza que un hombre sienta más cercanía y afinidad por, pongamos por caso, Walter White, el protagonista de la brillante Breaking Bad, que por Carrie, Miranda, Samantha e incluso Charlotte. Oye, ni que vosotros no os preocuparais por tener que pagar el alquiler, por comprar unos vuelos o por que os acaban de dejar. ¿El mero hecho de que el protagonista sea hombre se antepone a todo? ¿Da igual que sea sanguinario, egoísta y cruel y que cocine y venda metanfetaminas? De hecho, esta serie desató un movimiento de furia curioso y tristísimo: los espectadores comenzaron a odiar acérrimamente a Skyler, la mujer del protagonista, simplemente porque no aceptaba el peligroso negocio drogadicto de su marido, convertido en un monstruo. Pero para los espectadores, ella era el monstruo. Si estas no son reacciones machistas, que baje Dios y lo vea (bis).

Hace unos días, Netflix anunció que los capítulos de la segunda temporada de su serie protagonizada por una superheroína, Jessica Jones, los dirigirían únicamente mujeres. En lugar de ser conscientes de la brecha de género en el mundo audiovisual y de lo que esta oportunidad supone, las redes explotaron: que si eso suponía discriminación hacia los hombres (pobre hombres directores, que no se les deja rodar nada), que si no hay que ver el género, sino la calidad de quien dirige (como si no existieran trece mujeres buenas directoras), que si eso no sería noticia si los directores fueran hombres (¡Noticia de última hora! Un hombre camina por la calle sin miedo), que si un largo etcétera.

Volvamos de nuevo al dato de que la mitad de la población mundial es femenina. Si nosotras componemos un cincuenta por ciento de las personas con herramientas —aunque con un acceso más difícil y tortuoso a las herramientas, claro— y estamos silenciadas, imaginemos otros grupos discriminados. La representación cultural de personas negras, homosexuales, transexuales, etcétera es prácticamente nula. A pesar de la proliferación de series que visibilizan (como Transparent, absolutamente obligatoria y muy bechdeliana), resulta espeluznante aplicar un test del tipo Bechdel que se centre en estos grupos oprimidos. Todavía queda mucho por avanzar, desde luego.

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Protagonistas de Transparent

Pero ¿tu película favorita pasaría el test de Bechdel? No pasa nada si no es así, simplemente se hace importantísimo analizar lo que nos rodea y tener un pensamiento crítico. Recurrir al test de Bechdel al consumir una obra lleva a un conocimiento más profundo de los productos culturales. Esto no significa que tengamos que dejar de disfrutar de Tarantino, Allen o Amenábar o que tengamos que tragarnos todas las obras que pasen el test, aunque no nos llamen la atención de ninguna de las maneras. El caso es que hemos abrir un poco nuestro campo literario y audiovisual, para después analizar y evolucionar y, finalmente, hacer hueco a quienes se representa de una forma nula, ínfima, injusta, superficial o estereotípica. Al fin y al cabo, siempre se pueden tener varias películas favoritas.

Patricia Martín Rivas

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