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La palabra

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noviembre 30, 2016 por orbdiv

Hace unos meses asistí en la Casa Sefarad-Israel a la proyección del documental Memoria de las cenizas, dirigido por Eduardo Montero y con guion del mismo y de Ángel del Río. Se trata de un impresionante documento que trata sobre la deportación de los prisioneros republicanos españoles al campo de Mauthausen, Austria, llevada a cabo por el Reich alemán una vez invadido el territorio francés en mayo de 1940.

Trae inevitables recuerdos este documental de aquel de Javier Larrauri Testigos de un tiempo maldito, que narra la atroz experiencia de detenciones arbitrarias, palizas, vejaciones, encierros en cárceles y campos de concentración de un grupo de personas homosexuales que, por el sólo hecho de serlo, debían ser tratadas peor que animales por la policía, los jueces, los funcionarios de prisiones y los curas del Estado nacional-católico.

Los prisioneros republicanos fueron “clasificados” como apátridas por los nazis, ostentando en sus chaquetas el triángulo azul invertido que servía de distintivo para inmigrantes y apátridas. El gobierno franquista jamás reconoció su existencia: literalmente dejaron de ser.

mauthausen

No es infrecuente topar con casos análogos en la historia de las dictaduras. Recordemos que los 30000 desaparecidos en los tiempos de la Junta Militar argentina (al igual que los de la chilena de Pinochet en un número similar), habían dejado de existir: el Estado no reconocía su detención, no estaban pues presos ni libres, ni sus abogados y familiares ni ninguna autoridad judicial tenían acceso a estos prisioneros que pasaron pues a pertenecer a ese dudoso estado de la no-existencia que se designa como “desaparecidos”, es decir, sin ningún estatuto ni derecho como personas ni como detenidos. Una vez torturados y asesinados, sus cuerpos solían ser arrojados a los océanos, atados a vigas para prevenir que sus cadáveres no aparecieran inoportunamente flotando, siendo entonces las aguas marinas único testigo de este crimen y última morada de estos desdichados.

Muy pocos supervivientes hubo entre los prisioneros republicanos en Mauthausen. Sus familias mientras tanto, humilladas y ofendidas, continuaron sus vidas bajo la soberbia de los vencedores o partiendo al exilio.

Estas imágenes y testimonios de los supervivientes y sus familias, desfilan por la pantalla golpeando el corazón del espectador que no puede a veces contener las lágrimas.

Pero no son del todo importantes estas lágrimas del espectador. Lo más importante en esta historia es remarcar la fuerza de una memoria que no quiere ser olvidada; y que con la solidez de una piedra lanzada a nuestros corazones, persiste entre nosotros y nos advierte sobre la comodidad del olvido.

Se puede añadir que, al referirnos a estas dictaduras del pasado, no deberíamos hacerlo como una simple observación histórica, antes bien, debemos tomar estos hechos como un perpetuo referente de nuestro aquí y ahora, ver muy profundamente su proyección hacia un futuro que ha devenido ya presente en estos turbulentos primeros años del siglo XXI y que forma por lo tanto parte inseparable de nuestro cotidiano. Pero no digo esto solamente en el sentido de que los hechos de un pasado más o menos reciente (o más o menos remoto), condicionen el presente: es algo más que un sutil juego del tiempo y/o una simple relación de causa y efecto. Por el contrario, me refiero al convencimiento de que el sistema neoliberal que ahora domina globalmente y casi sin oposición, es simplemente una forma nueva, perversa y evolucionada de fascismo.

Este sistema no necesita las dictaduras que utilizó con tanta profusión en el pasado (aunque en muchos países las fuerzas políticas más importantes sean directas herederas de las mismas, como es el caso de España): una vez alcanzados los fines de la caída del bloque comunista y de dominación cuasi plena, ejerce su poder bajo formas democráticas y es así que se utilizan términos como libertad o democracia o derechos humanos de una forma tal que implica una inmensa devaluación del lenguaje, una verdadera prostitución de las palabras. Es por eso que todo lo que nos puede dar alma y vida como seres humanos, sale de las bocas y discursos de los actuales detentadores del poder: una clase política cuya sola función es legislar al capricho y servicio del poder económico.

En un artículo publicado en “El País” el día 8 de marzo de 1981, titulado Libertad y democracia para Argentina, Julio Cortázar nos hablaba de este peligro que vio lúcidamente en aquel principio de la década de los 80, en que se estaba configurando la actual estructura de poder, esa época en la que palabras como “libertad” o “democracia” devenían una grotesca caricatura viniendo de los labios de Ronald Reagan o Margaret Thatcher.

Julio Cortázar nos advierte que las palabras “pueden llegar a cansarse y a enfermarse” y que “a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad.”

julio-cortazar

Pero no hay que referirse únicamente al hecho que estas palabras sean pronunciadas en el ejercicio de mentira cotidiana en que -con honrosas excepciones- se ha convertido la actualidad política. Es preciso, pienso, poner mucha atención a nuestro propio vocabulario: Cuando en nuestro vivir de todos los días hablamos de conceptos como los ya tan citados de libertad, democracia, etc., ¿nos interrogamos a nosotros mismos por su auténtico significado? ¿Sabemos exactamente qué significan, qué sentido les damos todos y cada uno? ¿Quizá debiéramos primero, a la manera socrática, investigar en profundidad y llegar a una conclusión sobre qué es el bien, el mal, lo libre, lo noble, lo justo, lo abyecto, lo miserable? El lenguaje no es algo que nos vino dado, sino la más importante herramienta con la que se dotó el ser humano para su desarrollo y con la que hay que vivir y trabajar día a día, con la importancia que tiene el hecho que son las palabras, el lenguaje, lo que nos da pie, vida y continuación como seres humanos; de nosotros, de nuestra actuación cotidiana, depende pues su evolución o su estancamiento. “… (soy) alguien que ve en el habla el punto más alto que haya escalado el hombre buscando saciar su sed de conocimiento y de comunicación…” nos afirma Julio Cortázar en el citado texto.

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La utilización del lenguaje sin este permanente sentido crítico sobre el mismo, lo reduce a su categoría más ínfima: el lugar común, la convención, todo eso en fin que en demasiadas ocasiones anteponemos al verdadero sentido de las cosas, lo que oculta y sojuzga la vivencia, la reflexión.

Es un ejemplo muy característico de la utilización fraudulenta del lenguaje el hecho que nos narra nuevamente Julio Cortázar en este texto: cuando organismos y personalidades de todo el mundo elevaron sus denuncias y sus gritos de indignación ante los horrendos crímenes cometidos por la Junta Militar argentina, ésta respondió a estas acusaciones de violación sistemática de los derechos humanos con un slogan propagandístico que decía: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Pocas veces la dialéctica del poder alcanzó tal aberración en cuanto a violación del lenguaje, pocas veces se alcanzaron tales niveles de bajeza, ni fue tan flagrante el insulto a la vida y a la inteligencia. Pero es cierto y desoladoramente normal esta respuesta, la única posible, en quienes desaparecían, torturaban, asesinaban y echaban al océano los cuerpos atados a vigas de hierro de sus víctimas.

Y hay otro ejemplo más que nos aporta este artículo, y esta cita viene muy a propósito del tema inicial de este texto, los prisioneros republicanos españoles en Mauthausen: “Recuerdo, con un asco que el tiempo no hecho más que multiplicar, que las noticias difundidas por la radio de Hitler comenzaban cada vez con esta frase: ‘Aquí Alemania, defensora de la cultura’”…

Con ese slogan comenzaban las emisiones de radio de un país cuyos ejércitos asolaban Europa, que organizaba inmensas piras con los libros proscritos y perseguía implacablemente toda disidencia, toda diferencia, toda forma de arte y de pensamiento que se apartase de la línea trazada por el partido; se proclamaba la superioridad de la raza aria sobre todas las demás y se exterminaban las vidas de millones de hombres, mujeres, ancianos, niños, en una forma tal que haría exclamar horrorizado al escritor polaco de 19 años Tadeusz Borowski, prisionero en Auschwitz: “No puedo entender esta repentina borrachera de muerte, este atavismo desbordado, que creíamos superado por el progreso humano.”

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Ante estas reflexiones sobre el uso fraudulento de la palabra que realiza el poder, y nuestra propia utilización que quizá muchas veces, por comodidad o ignorancia, no sea la más correcta, quizá sólo nos quede “una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, … es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una de ellas desde lo más hondo de nuestro ser.” (Julio Cortázar, artº citado).

Y mientras existamos como seres humanos que quieren ser libres, dotados de un lenguaje que nos permite opinar como personas libres, debemos recordar aquel verso desgarrador que Rafael Alberti escribió en su poema Nocturno, escrito durante la guerra civil:

 

“Siento esta noche heridas de muerte las palabras.”

Antoine, 14 de mayo de 2016

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Referencias que me acompañaron:

  • Tadeusz Borowski. Nuestro hogar es Auschwitz. Alba Editorial. Barcelona 2004
  • Rafael Alberti. Antología poética. Editorial Losada. Buenos Aires 1969
  • Julio Cortázar. Libertad y democracia para Argentina. El País. 8 de marzo de 1981
  • Documental Memoria de las cenizas. Director: Eduardo Montero. Intermedia Producciones. 2012

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