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La infancia está TRANSformándose

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enero 17, 2017 por Dani Curbelo

La concepción de la infancia en Occidente ha evolucionado radicalmente en los últimos siglos.

Durante la Edad Media, época en la que la vida era difícil en general para las clases más humildes, la realidad de menores era de lo más desafortunada. En aquellos siglos sombríos de ignorancia y adoctrinamiento religoso, los nacimientos no podían librarse de supersticiones y cuentos de viejas, afirmando que si el bebé lloraba demasiado se debía a espíritus malignos, si presentaba algún tipo de «malformación» -lo que afortunadamente hoy comienza a reconocerse como «diversidad funcional»- era producto del pecado en sus progenitores o que si nacían bebés gemelos era señal de que su madre había sido infiel. Por otra parte, al niño/a/e se le entendía como un ser perverso y corrupto por culpa del pecado original que había que socializar de inmediato mediante la disciplina y el castigo. El abate Berulle, fundador de la Congregación del Oratorio, afirmó que «no hay peor estado, más vil y abyecto, después de la muerte, que la infancia.»

c1i13Así pues, para gozar de un estatus social de «persona» debían alcanzar la edad adulta, que normalmente se encontraba a los catorce años para niños y a los doce para niñas. Sobra decir que esta perspectiva binarista también estaba acompañada de roles de género estrictos en los que las niñas sólo eran concebidas como futuras procreadoras -mito de la «mujer recipiente»-, mientras que los niños, dependiendo del estamento al que perteneciera su familia, eran dirigidos hacia el trabajo rural, la caballería o el oficio religioso. También debemos recordar que el índice de mortandad infantil era mucho mayor de lo que lo es ahora -8 de cada 10 morían antes de alcanzar la edad adulta por enfermedades contagiosas-, lo que conllevaría otro tipo de crianza más enfocada en la supervivencia que en el propio trato. De este modo, la infancia era percibida como una fase vital extraña y carente de importancia y, por lo tanto, la realidad identitaria de menores se encontraba invisibilizada y silenciada.

Sólo el tiempo puede curar de la niñez y de sus imperfecciones – Tomás de Aquino

Más adelante, con la llegada de la Revolución industrial y la edificación masiva de fábricas en Occidente, las sociedades europeas comienzan a contemplar a sus niños/as/es como una mano de obra fácil de explotar laboralmente.

trabajo-infantil-16031Es muy común encontrarse con menores trabajando en fábricas (textiles, mecánicas, etc.) o en minas donde, encargándose de reparar las averías y atascos de las grandes máquinas por su pequeño tamaño y mayor flexibilidad, sufrían accidentes en los que podían perder extremidades -cabe recordar que esta situación continúa existiendo en muchas industrias habitualmente situadas en Oriente o Latinoamérica-.

No obstante, es a partir del s. XVIII cuando comienzan a aparecer nuevas nociones filosóficas sobre esta primera etapa de la vida. Jean Jacques Rousseau en su Émile ou De l’éducation (1762) afirmó que existe por naturaleza un estado de bondad infantil, defendiendo además un modelo educativo que se adaptara a los diferentes niveles cognitivos del/a menor. Poco después, el pedagogo alemán Friedich Froebel proclamó la importancia del juego durante el proceso de desarrollo personal y de la interacción entre progenitores y descendientes. Tendrá que llover bastante hasta que en 1959 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración de los Derechos del Niño, la cual, aunque podemos cuestionar gran parte de su efectividad global, supuso un reconocimiento de la infancia que incluía valores como la igualdad, la protección o el amor. Así pues, el siglo XX fue el «siglo de la infancia», y como no podía ser de otra forma, el sistema educativo occidental también se vio influido por escritos y aportaciones como los de la feminista y educadora sueca Ellen Key, autora de El siglo de los niños (1.900), quien defendió un modelo de enseñanza que prestara mayor atención a las necesidades y potencialidades del niño/a/e -y no tanto a las exigencias sociales o los mandamientos religiosos-, dejando atrás prácticas y metodologías violentas («la letra, con sangre, entra»). No obstante, el sistema educativo actual aún tiene que evolucionar en muchos aspectos. 

Hoy en día, el enfoque hacia la realidad de menores comienza a apuntar hacia un integral y claro reconocimiento de todos sus derechos, haciendo un especial hincapié en aquel concepto tan olvidado y negado durante siglos a un inmenso porcentaje de la Humanidad: el derecho a la auto-determinación identitaria. Poco a poco, miles de familias comienzan a prestar atención a lo que manifiestan sus peques, comprendiendo que no son títeres carentes de inquietudes profundas sino sujetos capaces de decidir qué son y cómo vivir. Este hecho responde a un proceso paulatino de tránsito entre una perspectiva cosificadora hacia otra que reconoce las subjetividades infantiles.

Por supuesto, este fenómeno en el que pasamos de un modelo que cosifica y denigra la infancia hacia otro que atiende sus intereses ha destapado realidades ocultas hasta la época. Al prestar atención a sus voces también hemos podido escuchar cómo pueden manifestarse en contra de aquella identidad impuesta al nacer y reafirmarse en las que sienten conformidad y felicidad.

Sí. Existen menores trans. Y sólo por existir, cualquier sujeto debe tener un rotundo e inapelable derecho a ser.

El problema radica en que si reconociéramos sin lugar a dudas esta realidad también estaríamos poniendo en evidencia el fraude de muchas nociones históricas sobre las que se asientan nuestra cultura occidental. Aquellas fuentes de información más reconocidas socialmente, tales como textos sagrados o manuales médicos hegemónicos, en materia de identidad, pasarían a ser papel mojado. Por otra parte, deberíamos admitir que nuestro lenguaje es incapaz, en su flexibilidad, de dar cabida a todo el espectro de identidades que sobrepasan el binomio masculino/femenino, procurando de este modo incluir un género gramatical neutro. Y, por último, si escuchamos la voz de millones de menores trans también escucharemos como se derrumba un sistema de adjudicación/imposición prematura de género en base a la morfología de nuestros genitales.

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Fundación Transitar

Si estamos de acuerdo en que en la actualidad quienes forman parte del colectivo LGBTI (lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersexuales) son uno de los blancos más vulnerables de exclusión, marginación, violencia y estigma social, aún más urgente es, entonces, orientar nuestro foco de atención hacia aquelles menores trans cuya identidad de género se encuentra cuestionada, vigilada y señalada desde muy temprana edad.

Una investigación realizada en el año 2005 por el equipo educativo del Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid (COGAM) en colaboración con el Departamento de Antropología Social de la Universidad Autónoma de Madrid, titulado Homofobia en el sistema educativo, evidenció que tres de cada diez alumnos varones «no ve incorrecto tratar despreciativamente a las personas LGTB» o que «el 90% del alumnado cree que las personas LGTB son peor tratadas que las demás». Dentro de este marco socio-educativo, menores y adolescentes trans son aún más vulnerables a sufrir acoso y bullying en tanto que sus identidades son aún más visibles, lo cual genera desagradables situaciones de cuestionamiento, ridiculizaciones, estigma, etc., y que se traduce en un alto índice de abandono de los estudios con la consiguiente repercusión en el futuro personal y profesional. Pese a que se están desarrollando protocolos de actuación ante casos de transfobia en las aulas, es fundamental que, además de castigar este tipo de conductas de odio, fortalezcamos la autoestima y autopercepción de las víctimas.

Desde el ámbito la comunidad científica, las personas trans recibimos por parte de la inmensa mayoría de profesionales de la Psiquiatría, la Psicología o la Endocrinología un trato de tutelación -no de acompañamiento- por el cual los procesos de tránsito son acechados y orientados así como nuestras identidades examinadas con el propósito de ser verificadas. Este hecho sólo nos deja a personas que han sido instrumentalizadas, por lo que en dicha alienación nos quedamos con una inhabilitación de la autonomía y la propia capacidad de autodeterminación del sujeto más allá de los diagnósticos que establece el profesional psiquiátrico/psicológico en base a sus criterios y nociones sobre qué es ser o no trans.

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Imagen de la campaña censurada en las RRSS y denunciada por una asociación católica

Por supuesto, la visibilización de esta realidad se debe, en gran parte, a la implicación, apoyo y compromiso de sus familiares. La visión sobre la infancia ha evolucionado acompañada paralelamente de una transformación del modelo de la familia occidental. La formación de núcleos familiares ha pasado de enfocarse hacia una función principalmente económica -preservación de bienes y ejercicio de un oficio- hacia otra en la que se tienen en cuenta las relaciones afectivas y la interacción entre sus miembros. Un claro ejemplo de esta apreciable evolución se encuentra en asociaciones como Chrysallis, cuya labor es la de crear una amplia red de apoyo entre familias que facilite una puesta en marcha hacia el alcance de plenos derechos y reconocimientos para menores trans. Sin embargo, este propósito de visibilización ha levantado ampollas -curiosamente en aquellos sectores que continúan entendiendo la vida como en el siglo XIV-, y nos encontramos ante denuncias infundadas de manipulación y corrupción de menores.

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“Lo mejor de ser una niña es que ya no tengo que fingir ser un niño”, afirma Avery

Por lo tanto, podemos concluir que la realidad general de menores trans es compleja, muchas veces llena de dificultades y obstáculos para alcanzar aquello que todo ser humano anhela: gozar del derecho de ser y vivir con entera libertad. Afortunadamente cada día se visibilizan nuevos referentes positivos, tales como Avery Jackson, una niña de nueve años de la Ciudad de Kansas (EE.UU.), quien ha vivido abiertamente su identidad trans desde los cinco años y que ha sido portada de la afamada revista National Geographic en su mes de enero de este año junto al título Gender revolution («La revolución del género»). Ante esta situación sólo nos queda hacer una cosa: atender, respetar y acompañar a quienes, pese a su corta edad, son lo suficientemente valientes como para manifestarse en contra de una imposición y, por ende, de todo un sistema binómico que nos cosifica, reduce y estratifica en base a nuestra genitalidad.

De este modo podremos ser partícipes en una de las grandes transformaciones culturales de nuestra Historia reciente: la visibilización y el empoderamiento de millones de personas que hemos decidido auto-determinarnos sin atender a normas, leyes no escritas o doctrinas de cualquier índole.

Dani Curbelo

 

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4 pensamientos en “La infancia está TRANSformándose

  1. antoine dice:

    Otro muy buen y necesario texto de Dani Curbelo. Ojalá nos lleve a la necesaria reflexión.

  2. Jesus Maury dice:

    Hola, una duda. ¿Cómo podemos hablar de “auto-determinarnos” cuando no existe una “auto-identidad” fuera de la que nos ofrece la sociedad? Es decir, no afirmo que estas identidades trans no existan. A lo que me refiero es que podemos aceptar o negar el rol binario, pero estamos sujetos a su espectro, del cual sacamos uno u otro producto, el cual, sin embargo, sigue partiendo de un principio binario.
    Un ejemplo, que va justo con el tema que tocas. Cuando un niño dice no a su rol de género asignado, ¿por qué deberíamos decir que se vuelve trans inmediatamente? ¿No son acaso los roles una suerte de naturalización de conductas a nuestra “genitalidad”? Si es este el caso entonces actuar de una manera u otra no definiría una transexualidad, sino una postura diferente que no construye ni necesita un género. Se vuelve parte de la persona, su identidad, mas no una petición de generalización -que es lo que exije el término “género”-. Son especulaciones con lo que considero incongruencias en el discurso LGTBIQ+ (que involucran inclusive su mismo nombre), por lo que pregunto. Gracias por leer!

    • Dani Curbelo dice:

      Hola Jesus Maury. Creo que estás confundiendo terminología. Una cosa es la identidad intrínseca en cada sujeto, la cual se manifiesta desde muy temprana edad y se desarrolla a lo largo de nuestra vida; y otra cosa es la asignación/imposición prematura de un género y su rol (mujer-femenino / hombre-masculino) en base a nuestra genitalidad, lo cual sólo responde a una adjudicación arbitraria que no tiene en cuenta factores o componentes más allá de, como digo, la morfología de nuestros genitales. Por eso hablamos de “auto-determinación”, porque en un sistema -o dictadura, me atrevería a decir- que nos reduce y limita en base a nociones médicas cuestionables, ejercer el legítimo derecho de alzar la voz y manifestarse en contra de aquello que te ha sido impuesto es todo un acto de empoderamiento. Es cierto que el binarismo influye en muchas cuestiones identitarias. Incluso cuando queremos afirmarnos como subjetividades no normativas lo hacemos en relación a ese binomio. Supongo que es un fenómeno de construcción en base a la negación similar al de la heterosexualidad-no heterosexualidad, que me imagino que sabrás cuál de los dos términos es anterior 😉 Y otra cosa que comentas con la que estoy de acuerdo es que no siempre que une niñe que se manifiesta en contra de los patrones, conductas y valores impuestos en base al género asignado tenga que ser trans. Eso se irá sabiendo con el paso del tiempo. Pero, por supuesto, lo que es incuestionable es quien tiene la última palabra en relación a esa identidad es ese misme niñe. De todos modos, te recomiendo seguir leyendo teorías y perspectivas para que esas incongruencias que dices encontrar en el discurso se vayan disipando. Yo termino aquí la conversación puesto que no soy de debates virtuales. Un saludo.

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