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Reescribamos la historia

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enero 23, 2017 por patriciamartinrivas

¡Hemos dado un primer paso importante! El pasado jueves se aprobó nuestra petición en la Junta del Distrito Centro, en que le solicitábamos al Ayuntamiento de Madrid que se incluyeran citas de mujeres en la calle Huertas. Nuestra petición arrancó menos de dos semanas antes de la aprobación en el pleno (un tiempo récord, desde luego) y fue de la mano de una acción activista reinvidicativa muy bonita. Aún queda un largo recorrido para que se haga realidad la inclusión de citas de mujeres en Huertas, pero la idea va cobrando forma.

Las mujeres, como sabemos de sobra, siempre han estado apartadas, a la fuerza, del ámbito público. Su reducción a los aspectos domésticos no solo afecta(ba) a sus vidas, sino que también ha conllevado una fuerte repercusión en la representación femenina en esos espacios públicos que se les ha arrebatado.

El hecho de que no haya escritoras en el Barrio de las Letras no tiene que ver con la calidad de las obras femeninas, sino con el factor innegable de que las calles son de los hombres —vivos o muertos: los vivos no tienen miedo, ni las muertas homenajes—. Así, es imperativo realizar una revisión activa de ciertos aspectos representacionales.

Por un lado, de los espacios públicos: las mujeres hacedoras se merecen un reconocimiento en nuestras calles y nosotras nos merecemos referentes directos, por lo que la tarea de plagar las calles con personajes femeninos —de que haya calles con nombres de mujeres, de que haya estatuas femeninas— no es solo justa sino absolutamente necesaria y, además, urgente.

Por otro lado, y en un ejercicio estrechamente relacionado con la visibilidad pública, es obligatorio reescribir la historia desde perspectivas más diversas: los opresores son quienes han escrito la historia, por lo que aceptarla sin más como verdadera supone arrancarles vilmente las voces a los oprimidos. Es vergonzoso, pongamos por caso, estudiar la conquista de América —o el descubrimiento, en palabras de los opresores, que siempre han manejado el lenguaje a las mil maravillas— desde la perspectiva única de los conquistadores, los perpetradores de la masacre, como hacemos en España.  Así, al igual que nunca nos hablaron en la escuela de los mayas o los incas, tampoco nos hablaron de mujeres —ni en la literatura ni en otros ámbitos del conocimiento—, por lo que las alumnas no dispondrán de referentes directos. Los hombres son grandes referentes, por supuesto, pero la referencia se convierte en opresora si está compuesta únicamente por ellos. El alumnado, por su parte, perpetuará inconsciente e inevitablemente los roles de hombre hacedor y fuerte y mujer inhábil y sumisa. Si no hay referentes femeninos, ¿cómo vamos a creer a las mujeres capaces de ser y hacer?

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La evolución del hombre

Silenciar es sinónimo de masacrar; e incluir en la historia desde puntos de vista diversos y ampliados supone un ejercicio de acercamiento a la verdad, además de un descubrimiento de perlas cuasi perdidas. Pongamos por caso al tan apreciado pintor El Greco, que vivió holgadamente la mitad de su vida en Toledo gracias a su creatividad. Pues bien, hoy en día no sabríamos nada sobre el ahora tan célebre artista si varios pintores modernos que lo admiraban no lo hubieran rescatado, ya que cayó en el olvido después de su muerte y durante tres siglos. Gracias a la inclusión de su obra en la historia del arte —de «reescribirlo» en la historia del arte—, ahora goza del prestigio que se merece.

En cuanto a la literatura, las mujeres han demostrado con creces su talento para crear obras de calidad pese a las adversidades, en una pugna incesante por sacar la cabeza en vida y no caer en el olvido post mortem. En los círculos literarios (y artísticos, en general) las mujeres no eran aceptadas ni respetadas —solo hay que pensar en los testimonios visuales de los cafés literarios, en los que casi ninguna mujer tenía espacio (la gran Gloria Fuertes fue una de las pocas que se hizo hueco en el café Gijón)— y aún hoy en día los hombres citan casi exclusivamente a hombres. Así, los grupos opresores crean, voluntaria o involuntariamente, círculos de protección de los que es difícil salir, porque son cómodos y sirven de refuerzo positivo.

A un hombre no se le cuestiona que sea bueno tanto como a una mujer, porque los hombres son buenos, mientras que las mujeres no somos, porque no estamos. Así, las mujeres han tenido (y tenemos) que solventar indecibles dificultades para destacar. María de Zayas reflexionaba sobre estas trabas en el prólogo de las recomendadísimas Novelas amorosas y ejemplares (1637): «¿Quién duda, digo otra vez, que habrá muchos que atribuyan a locura esta virtuosa osadía de sacar a la luz mis borrones siendo mujer, que en opinión de algunos necios es lo mismo que una cosa incapaz? Pero cualquiera, como sea no más de buen cortesano, ni lo tendrá por novedad ni lo murmurará por desatino, porque si esta materia de que nos componemos los hombres y las mujeres, ya sea una trabazón de fuego y barro, o ya una masa de espíritus y terrones, no tiene más nobleza en ellos que en nosotras». Explica además en este rico prólogo que «esto no tiene, a mi parecer, más respuesta que su impiedad o tiranía en encerrarnos y no darnos maestros, y así, la verdadera causa de no ser las mujeres doctas no es defeto del caudal, sino falta de la aplicación, porque si en nuestra crianza, como nos ponen el cambray en las almohadillas y los dibujos en el bastidor, nos dieran libros y preceptores, fuéramos tan aptas para los puestos y para las cátedras como los hombres». Zayas, a la que siempre aun hoy se la menciona como admirada por el gran Lope de Vega —con ese refuerzo masculino que parece necesario para validar el trabajo femenino—, obviamente conocía a la perfección los obstáculos a los que se enfrentaba por ser mujer, aunque ella pudiera escribir y publicar y tener éxito en su época al provenir de una familia acomodada, con lo que contaba con un privilegio que le ayudó a sacar su enorme talento a flote.

Elena Garro

El refuerzo masculino para validar el talento de la mujer sigue muy presente

Y seguimos educando mal: en el libro de lengua y literatura de Santillana de tercero de la ESO de este curso solo aparece una mujer (Santa Teresa de Ávila), solo el 25% de las calles de Madrid tienen nombre de mujer real (ni diosas, ni vírgenes), en oposición al 74% de hombres, y las citas de la calle Huertas no tienen voz femenina.

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Cita de Carmen de Burgos en la calle Huertas

De todo este conglomerado de ideas surgió la acción de visibilización de las escritoras que realizamos el pasado 7 de enero, en que un conjunto de mujeres de todas las edades descendimos por la calle Huertas, donde hay más de una docena de citas de escritores, escribiendo con tiza citas de escritoras y leyendo excelentes fragmentos literarios de pluma femenina, en un acto precioso de unidad y reivindicación pacifista. Como las palabras que leímos se las llevaría el viento y las que escribimos se borrarían, consideramos necesario este ejercicio de visibilización, de reescritura, para que las voces de las mujeres también tengan relevancia ad eternum.

Al contrario de lo que se piensa, esos grandes escritores no están ahí por pertenecer al Siglo de Oro ni por haber vivido en la calle Huertas, sino por ser hombres —buenos escritores también, pero las buenas escritoras no están representadas, por lo que la cuestión de género es obvia—. Algunos de esos grandes escritores sí que se encuadran en el Siglo de Oro, como la propia Zayas, pero a la mayoría de ellos se les ha concedido ese espacio urbano por haber sido grandes hombres de letras y nacido o vivido en la capital. Y resulta curioso: en sus inicios, la novela se trataba de un género únicamente femenino, ya que los hombres se dedicaban en cuerpo y alma a la poesía. Pero los hombres se hicieron con la novela y con el prestigio del oficio. Solo hay que ver cómo uno de los escritores españoles más valores, el novelista canario Benito Pérez Galdós, tiene su cita en la calle Huertas, al contrario que Emilia Pardo Bazán, una de las precursoras del realismo español (y del feminismo, ya que estamos). Y hay otras contrariedades: Elena Fortún, la escritora del universo femenino (y feminista) de la serie Celia, cuyas historias se trasladarían a la pequeña pantalla y que obtuvo gran reconocimiento, vivió en la misma calle Huertas y no tiene el honor de ser citada.

Falta diversidad en general, al fin y al cabo, y negarlo es de zoquetes. Apenas sí contamos con relatos de personas transexuales u homosexuales o negras, porque, al pertenecer a grupos oprimidos, se les ha negado la palabra. Queda en nuestras manos luchar por el rescate de la diversidad de voces, darles espacio y valorarlas como se merecen. Reescribamos la historia, pues; y escribamos el presente y, por ende, el futuro.

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2 pensamientos en “Reescribamos la historia

  1. antoine dice:

    Precioso y conmovedor texto, Patricia. Y comparto tu alegría por la noticia.

  2. […] Reescribamos la historia Orbita Diversa, Patricia Martín Rivas, 23 de enero de 2017 […]

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