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Más beneficio que daño

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junio 29, 2017 por patriciamartinrivas

Cuando abrimos un libro de historia, de arte, de literatura o de ciencia, se puede contar el número de mujeres que aparecen con los dedos de una mano. Y, normalmente, con dos dedos: el índice y el pulgar besándose en forma circular. (Prueba, prueba: es un hecho.) Cuando paseamos por las ciudades, en sus calles y monumentos el número de mujeres representadas no es mucho mayor, porque los espacios públicos son de los hombres. Cuando los hombres recurren a personajes históricos y artísticos, sus boquitas y sus plumas carecen de mujeres, porque los referentes llevan barba y bigote; excepto cuando se trata de desprestigiar a otras mujeres o directamente al movimiento feminista en bloque, claro: sus textos, en este caso, están plagados de hordas de mujeres.

Este ha sido el caso del machirulo mayor de la semana: Javier Marías. A través de su artículo Más daño que beneficio, el escritor ha decidido ningunear sin sonrojarse a Gloria Fuertes sin base más allá del «no me gusta» y citando a mujeres que le gustan —y, por tanto, obviamente, son mejores: te lo dice un pene—. «A lo largo de mi ya larga vida», explica Marías, el primer hombre cisgénero y canoso de la historia que impone su pensamiento y que, sin ver la viga en su ojo propio, se atreve a tachar a otros de paternalistas. ¡Ja!

Su coleguita, el archiconocidamente archimachista Arturo Pérez Reverte, ha suscrito sus palabras (oh, sorpresa), lo cual casi equivale a la obtención del certificado machuno cum laude. O sin casi. ¡Enhorabuena, Javier!

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«En la actualidad hay una corriente feminista que ha optado por decir que cuanto las mujeres hacen o hicieron es extraordinario, por decreto», llora Marías. Ay, Marías, ¿no te das cuenta de que en la historia hay una corriente opresora que ha optado por decir que cuanto los hombres blancos hacen o hicieron es extraordinario, por decreto?

En Orbita Diversa llevamos un tiempo tratando el cruce entre literatura y género, como hicimos con nuestra acción del pasado 7 de enero. A través de la escritura con tiza y de la lectura con megáfono, reivindicamos durante dos preciosas horas en la calle Huertas que las mujeres también nos merecemos ocupar los espacios públicos. Y es evidente que los suprarrepresentados, como Marías, todavía no se han dado cuenta de que las calles están copadas de hombres y de que la visibilización de los grandes talentos femeninos no solo es más beneficiosa que dañina, sino que es absolutamente necesaria, porque no hacerlo es aceptar como única la escritura de la historia desde una sola perspectiva: la opresora.

En la calle Huertas, esas personas con citas incrustadas en el  suelo no están ahí únicamente por ser excelentes figuras literarias que nacieron o vivieron en Madrid, no: están ahí por razones principalmente fálicas. ¿O es que acaso Nicolás Fernández de Moratín tiene más peso literario que Teresa de Jesús? ¿Y por qué José Zorrilla se merece más atención Rosalía de Castro?

León Felipe, que también tiene su territorio bien marcadito en Huertas, escribía:

«El Hombre es lo que importa. El Hombre ahí, desnudo bajo la noche y frente al misterio, con su tragedia a cuestas, con su verdadera tragedia, con su única tragedia… La que surge, la que se alza cuando preguntamos, cuando gritamos en el viento. ¿Quién soy yo?»

El hombre. El Hombre. Lo neutro, lo que es por defecto, lo que prevalece en todos los campos: EL HOMBRE.

El Hombre es lo que importa porque es quien manda. Simplemente hay que prestar atención para poder darse cuenta —es como el manspreding o despatarre masculino: una vez asumida su existencia, es imposible no verlo—. El Hombre, como Marías, no puede saber lo que es sentirse infrarrepresentado ni infravalorado, porque su existencia prevalece. Pero lo niega y se obceca, se obceca, se obceca, como todo un caballo rejoneador.

Al igual que Marías, yo también soy traductora y escritora. No sé cómo llegaría él a entrar en el mundo literario, pero yo he intentado fallidamente durante años abrirme un hueco a través de concursos y hay algo que siempre me llama mucho la atención: cuando se revelan los ganadores y el jurado, la mayoría de las veces los jueces son exclusivamente hombres, quienes siempre (y no casi siempre: siempre) condecoran a otros hombres. Este ejemplo pequeñito se puede llevar a otro nivel más visible: quienes entregan los premios Goya son penes que halagan, agasajan y condecoran a otros penes, e ignoran sin vergüenza alguna obras de arte magnas firmadas por mujeres. —Para eso son los Goya y no los Maruja Mallo, copón.— Y así ad æternum.

«Todos sabemos de las injusticias históricas cometidas contra las mujeres», miente Marías, haciéndose el progre feminista. ¿Y por qué perpetúas tú las injusticias históricas, Marías? Ya que te preocupa tanto la literatura, ¿por qué no escribes un artículo que por ejemplo denuncie la ausencia total y absoluta de mujeres escritoras en los libros de texto de los que se nutre la adolescencia, en lugar de atacar a una poetisa de renombre en la celebración su centenario?

Marías, al referirse a una de las escritoras por excelencia de las letras hispánicas, escupe: «Así, cada vez que se descubre o redescubre a alguna pionera de algún arte, pasa a ser al instante una estrella del firmamento, a la altura de los mejores, sólo que eclipsada tozudamente por los opresores del otro sexo.» (Me gustaría ver cómo los de la calaña de Javier Marías hacen una lista de «los mejores», en ese género masculino neutro que tanto les gusta, e incluyen en ella a alguna mujer.)

Fuertes no es una escritora que acabemos de descubrir ni de redescubrir, sino que su obra es admirada y valorada a nivel nacional e internacional (especialmente en Estados Unidos, donde «feminismo» no es una palabrota). Simplemente le estamos rindiendo homenaje, porque la admiramos; y con tu ataque gratuito, Marías, cariño, solo demuestras que el único elemento que has utilizado para escribir —oh, amador y sostén del patriarcado— es el pene.

«En el árbol de mi pecho hay un pájaro encarnado.
Cuando te veo se asusta, ¡eres un espantapájaros!»
Gloria Fuertes

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