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Latigazos al patriarcado: un estudio feminista de la figura e imagen de la dominatrix

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enero 29, 2018 por Dani Curbelo

Es bien sabido que los territorios de la sexualidad humana son espacios en los que se (re)producen, a través de sus prácticas, los diferentes roles y dinámicas que caracterizan a nuestra sociedad. Por lo tanto, en un modelo social heteropatriarcal como el que vivimos, no es descabellado afirmar que en nuestras camas, sofás, coches o donde quiera que sea que practiquemos eso que llamamos “sexo”, reproduzcamos las dinámicas de poder y subordinación tan presentes en nuestras relaciones más cotidianas.

No obstante, dentro del desconocido y diverso paisaje del placer humano existen coyunturas que rompen con los parámetros establecidos en tanto que son capaces de trasladar de posición dichos roles y dinámicas para, de algún modo, evidenciar que gran parte del sexo -y del género- es una representación en la que podemos intercambiar los papeles que nos han adjudicado. En mi opinión, la figura de la dominatrix es un ejemplo de rol y de práctica que notoriamente cristaliza esta disrupción y desestabilización de los parámetros con los que la heteronormatividad comprende y explica la sexualidad.

El análisis que vamos a efectuar en este texto sobre la figura de la dominatrix no partirá desde el ámbito de la Sexología, sino desde el de los estudios queer y transfeministas que se caracterizan por la observación de imaginarios y la aproximación de perspectivas y discursos que, en algunos casos, pueden llegar a ser incluso contradictorios.

 

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Fotografía de Jesse Milns

 

La masculinidad y la dominación

En el año 2000 el sociólogo y filósofo francés Pierre Bordieu publicaba su famosa obra “La dominación masculina”. “El libro de Bourdieu, a caballo entre la teoría sociológica y la divulgación, pretende contribuir al estudio de las relaciones entre los géneros y reconstruir la historia de sus naturalizaciones, rompiendo con el sentido común que rige nuestra experiencia y nuestros análisis de la diferenciación sexual entre hombres y mujeres. (…) Bourdieu parte de la consideración de la división entre los sexos como división fundante y no como mera expresión de una cosmovisión caracterizada por binarismos. De este modo, la dominación masculina se convierte en el paradigma de toda dominación y por tanto de toda violencia simbólica; dominación que se inscribe simultáneamente como institución en las estructuras sociales –en forma de mitos, rituales, prácticas discursivas, etc.– y en las estructuras cognitivas –en forma de habitus: categorías mentales, estrategias cognitivas, capacidades perceptivas, formas de sensibilidad, etc.–. El principio de diferencia entre los sexos, arbitrario y contingente, señala, «procede de que acumula dos operaciones: legitima una relación de dominación inscribiéndola en una naturalezabiológica que es en sí misma una construcción social naturalizada» (Bordieu, 2000: 37).”, apunta Elena Casado Aparicio.

Si obviamos ciertas críticas a La dominación masculina por su supuesto oportunismo e intrusismo, podemos ver el planteamiento de Bordieu como un apunte hacia cómo la dominación masculina propone una marcada diferenciación de las actividades y actitudes tanto de mujeres como de hombres, y que tal principio de diferenciación es adoptado y reproducido desde la base de lo familiar mediante disposiciones que se hacen pasar como naturales al ser incorporadas y programadas en el juego simbólico del lenguaje, del sentido común o de lo dado por descontado.

El enfoque bourdieuano señala a la dominación masculina como una forma de violencia simbólica que se caracteriza por hacer legítima la desigualdad entre géneros al mismo tiempo que promueve un orden jerárquico que conocemos como patriarcado. Desde dicho enfoque este principio de diferenciación sexual representa un principio de construcción de carácter histórico-social, es decir, un principio de violencia simbólica en el cual la mujer carece de una participación directa en las maneras de organización y transformación de la sociedad, en tanto que la dominación masculina conjura estructuras sociales construidas por y para el hombre. Por ello, podríamos afirmar que la dominación se constituye no sólo como un agente de regulación y conformación de sociedades, también como una predisposición inherente -que no natural- en todas las categorías de “hombre” cisgénero y masculino -ya que otras formas e identidades trans masculinas pueden poseer mayor facilidad para deconstruir estos parámetros- de adoptar y reproducir posturas y hábitos opresivos a partir de la incorporación de dicha herencia cultural. Sin embargo, esta hegemonía lleva décadas en tela de juicio ante la aparición de formas de resistencia que plantan cara a la opresión y marginalidad que infunde la dominación masculina: los feminismos.

Este fenómeno de resistencia ha trastocado y desestabilizado los parámetros con los que entendíamos nuestro mundo y nuestras relaciones, poniendo en evidencia que los valores de “dominación” y “subordinación” pueden desvincularse de nuestros cuerpos y prácticas.

¿Y cómo se traduce esto? Podríamos hacerlo atendiendo a los procesos de empoderamiento que millones de mujeres cisgénero y transgénero han puesto en marcha en todo el globo atendiendo a las características socio-culturales propias de sus comunidades y territorios, siendo la visibilización, la sororidad y la acción directa o defensa propia algunos ejemplos de estos procesos de empoderamiento. Pero también podríamos mencionar otros procesos adscritos dentro de corrientes feministas que entienden la liberación de la mujer como una “conquista de espacios” históricamente destinados, organizados y estructurados por hombres: ejércitos, cuerpos de policía, seguridad, o incluso toreo (véase el caso de Conchi Ríos quien ha afirmado que quiere “hacer historia por todas las mujeres que nunca pudieron torear”); por lo que nos encontramos ante discursos que entienden esta “liberación” exigiendo la participación de las mujeres en instituciones y estructuras históricamente masculinas que han ejercido y ejercen opresión, violencia y, por ende, la dominación de la que hablaba Bordieu.

No es mi intención ahondar en esta cuestión en tanto que no entiendo ni comparto como “victorias” o “triunfos” la inclusión de sujetos oprimidos en estructuras de opresión y autoridad, sino como estrategias que el propio poder establece para perpetuar su continuidad y estabilidad. No obstante, lo que deberíamos hacer ahora es preguntarnos qué han hecho los hombres ante esta deshistorización de los principios de diferenciación social relacionados con la división sexual y con la dominación masculina. ¿Es posible que se haya efectuado en las últimas décadas un trasvase en la reproducción de los roles de dominación y sumisión que el patriarcado ubica en los espacios públicos y privados sobre hombres y mujeres?

Partiendo de esta hipótesis entenderíamos lo que actualmente está sucediendo con una evidencia atroz: el ensalzamiento y defensa de muchos valores machistas al que asistimos respondería a la fricción que el feminismo ha generado con los parámetros hegemónicamente patriarcales. Muchos hombres no terminan de entender ni aceptar el hecho de que el cuerpo y la vida de las mujeres no les pertenecen, por lo que su respuesta se convierte en un ejercicio de reforzamiento de dichos valores y creencias con la vaga y equivocada intención de “mantenerlo todo tal y como ha estado siempre”.

Ahora bien, ya es el momento de hablar de sexualidad. Sin duda alguna, esta resistencia femenina a asumir la subordinación como incuestionable y legítima se ha dado, como hemos visto, en los ámbitos de lo público y lo privado. En este sentido, nos adentraremos en la sexualidad como un territorio de estudio y análisis en donde pueden ocurrir prácticas que reformulen y desestabilicen los parámetros normativos que hemos asumido. Esta “cultura de la sexualidad” se constituye como un aparato que regula cuerpos, gustos y orientaciones y que está innegablemente sometido a diversos condicionantes culturales como la etnia, la religión, la situación socioeconómica o el género.

Usurpadoras con látigo y botas

En la década de los sesenta y setenta del siglo pasado, varias teóricas feministas radicales como Andrea Dworkin, Monique Wittig y Mary Daly estudiaron e incluso defendieron como modelos positivos las estructuras propias de las sociedades en las que gobiernan las mujeres, es decir, las matriarcales, para alcanzar la liberación y empoderamiento de la mujer. Aunque podamos cuestionar y debatir estas concepciones dicotómicas entre sujeto opresor y sujeto oprimido como pensamientos que perpetúan la presencia de figuras de autoridad y poder en la conformación de una sociedad, partamos de esta base teórica para situar algunas prácticas sexuales subalternas.

“El matriarcado no es menos heterosexual que el patriarcado: sólo cambia el sexo del opresor. Además, esta concepción no sólo sigue asumiendo las categorías del sexo (mujer y hombre), sino que mantiene la idea de que la capacidad de dar a luz (o sea, la biología) es lo único que define a una mujer.”

Monique Wittig en No se nace mujer, 1981

Maria Yagoda, contribuidora en Broadly (canal de Vice), redactó a principios de 2017 un artículo con el que visibilizó un conjunto de realidades, prácticas y relaciones muchas veces camufladas en la privacidad de los dormitorios. A partir de sus encuentros con diferentes mujeres, Yagoda nos presenta en Inside the Strange, Sexual ‘Female Supremacy’ Movement (“Dentro del extraño movimiento sexual de “supremacía femenina”), los rostros que encarnan una figura tan adorada y venerada como detestada y temida: la dominatrix.

“Una dominatrix (del latín dominatrix, ‘soberana’ o ‘señora’; plural dominatrices), dominatriz (derivación en castellano de dominatrix) o señora es una mujer que adopta el papel dominante en prácticas sexuales de bondage, disciplina, dominación y sumisión o sadomasoquismo, que suelen abreviarse como BDSM.” Wikipedia.

madame caramel

Madame Caramel

“El patriarcado debe terminar. Para que podamos sobrevivir, las mujeres deben liderar”, afirmó Madame Caramel, una dominatrix profesional de treinta y nueve años que reside en Londres. Lo curioso del caso de Madame Caramel se encuentra en que, tal y como ella misma cuenta, el rol de poder y autoridad que representa siendo dominatrix no está únicamente presente en sus prácticas de ciber-sexo con “esclavos” (hombres sumisos), también en la cotidianidad de su relación heterosexual de casi cuatro años. “La forma en que decidimos que esta relación podría funcionar para mí era si estaba a cargo de todo (…) Es mucho mejor cuando le quitas las responsabilidades al hombre. Mi compañero es un hombre muy inteligente, él está ahí para ayudarme en todo lo que necesito, pero el control es mío”, afirmó Caramel.

Sadie Synn

Sadie Synn

“Habrá relaciones de estilo de vida que serán relaciones de supremacía femenina donde el hombre es esclavo”, dijo por su parte Sadie Synn, otra dominatrix que ha formado parte de la comunidad BDSM (BDSM es un término que alude a un conjunto de fantasías y prácticas eróticas combinando las siglas resultantes de Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; Sadismo y Masoquismo) durante cuatro años y medio. Sadie es una mujer transgénero, lo cual le otorga una visión muy particular sobre el concepto de “autoridad femenina” en relación con su propio proceso identitario. Además, Sadie se considera a sí misma “feminista interseccional” y opina que habitualmente “las mujeres actúan y hacen las cosas mejor que los hombres” refiriéndose a decisiones públicas y figuras políticas.

Entonces, ¿qué representa la figura de la dominatrix?

A partir de la observación de fotografías del siglo pasado de sesiones de BDSM y retratos de diferentes mistress (ver imágenes) podemos afirmar que la imagen que caracteriza a la dominatrix es la del arquetipo de “mujer mala”, es decir, aquella mujer que no cumple con el rol de género que le ha sido asignado y que está vinculado a los valores de pasividad y subordinación. El látigo, la fusta o incluso los tacones son elementos que integran esta idea de “maldad” al utilizarse como herramientas de “castigo” y “tortura” que al mismo tiempo generan placer sexual al “esclavo”. Así pues, la dominatrix se constituye como una variante de la habitual villana del cuento o la reina malvada, es decir, el personaje usurpador que desestabiliza completamente la estabilidad de la narración con su carácter de “otredad”.

 

 

Por otro lado, si nos paramos a estudiar la pornografía como plataforma de producción de imágenes y, por ende, de sentido, podremos encontrarnos con representaciones que apoyan esta noción de la figura dominatrix como una ruptura en los repertorios hegemónicos de la sexualidad y los roles de género.

Itziar Bilbao Urrutia es una dominatrix, artista y activista” nacida en Bilbao que vive y trabaja en Londres desde 1996.  Mientras desarrollaba su vida en casas okupas y estudiaba Bellas Artes en la capital inglesa, Itziar comenzó a trabajar como dominatrix puesto que “estaba bien pagado, y me parecía mejor que trabajar en un bar o en una tienda”, recuerda en una entrevista para El País, lo que la llevó a crear en 2002 una página web para promocionar sus servicios donde abordaba “Temas como la identidad, el género, el feminismo, la representación de la sexualidad, la sexualidad alternativa. Los dos mundos se unieron: mi práctica artística y mi trabajo como dominatrix”.

No obstante, el proyecto de Itziar se vio ante una situación de censura casi diez años más tarde cuando, en junio de 2013, recibió una carta de la ATVOD, una autoridad independiente que regula los vídeos de pago, solicitándole el abono de una cuota para emitir sus “programas de televisión” en Internet. En diciembre de 2014 se incluyó una enmienda a la ley que regula la pornografía en Reino Unido y limita los vídeos porno que se producen en en el país. De este modo los azotes fuertes en las nalgas, el uso de látigos o fustas quedaron “prohibidos”.

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“Mujeres salvajes sin miedo. ¡Destruye el patriarcado con tu culo!” Imagen de Itziar Bilbao Urrutia

Considerándolo una “persecusión” a las prácticas de dominación femenina que aparecen en su sitio web llevó el caso a los tribunales y ganó la sentencia, pudiendo abrir de nuevo la página. A partir de entonces Itziar está coordinando una la lucha contra esta normativa, que considera “discriminatoria con el género femenino y con la sexualidades minoritarias” y que mayoritariamente reprime aquellas de “sexualidad gay, queer y de dominación femenina”, quedando completamente excluidas de los repertorios pornográficos al mismo tiempo que los grandes estudios heteronormativos eclipsan dichas posibilidades y prácticas disidentes. “El porno mainstream exhibe mujeres objetualizadas, con físicos sexuales caricaturescos, es una glorificación del pene”, explica Itziar.

Estos discursos nos demuestran que la industria pornográfica se encuentra en un momento de cuestionamiento y análisis que nos hace concebirla como una enorme maquinaria de producción de sentido que regula y censura prácticas como normativas o periféricas, y que a su vez han aparecido diferentes proyectos y dispositivos “alternativos” que funcionan como espacios de resistencia a esta situación.

Dentro de este fenómeno de resistencia se ubicaría lo que se conoce como “postporno” o “posporno”: una corriente de producción y creación de material audiovisual que a simple vista puede entenderse como “pornografía bizarra” pero se fundamenta en nociones históricamente feministas como el empoderamiento o la visibilidad. De este modo, aquellos cuerpos que la industria del porno excluye de sus repertorios se convierten en creadores y protagonistas de propuestas ‘artivistas’. “Para mí el postporno es política queer, postfeminista, punk, DIY [do it yourself, háztelo tú misma], pero también una visión compleja del sexo que incluye un análisis del origen de nuestro deseo y una confrontación directa con el origen de nuestras fantasías sexuales”, afirma María Llopis en su libro “El postporno era eso”.

En una performance titulada “Dominatrix, violencia y dulzura”, Rocío Boliver aborda una relación sadomasoquista que involucra a un sujeto de sexo-género hombre-masculino con capacidades motrices diferentes. Boliver propone a través de esta acción-performance un espacio simbólico que pretende subvertir el discurso construido en torno a los sujetos con diversidad motriz en oposición al discurso de la modernidad-colonial-capitalista que ha limitado la presencia de ciertas identidades en las artes y otras esferas del género humano como la propia sexualidad. “Dominatrix, violencia y dulzura” es una obra realizada en colaboración con Thibault Delferiere, artista Belga con capacidades diferentes.

Imagen de “Dominatrix, Violencia y Dulzura” de Rocío Boliver

“Este nuevo feminismo posporno, punk y transcultural nos enseña que (…) el mejor antídoto contra la pornografía dominante no es la censura, sino la producción de representaciones alternativas de la sexualidad, hechas desde miradas divergentes de la mirada normativa. Así, el objetivo de estos proyectos feministas no sería tanto liberar a las mujeres o conseguir su igualdad legal como desmantelar los dispositivos políticos que producen las diferencias de clase, de raza, de género y de sexualidad haciendo así del feminismo una plataforma artística y política de invención de un futuro común.”, sostiene Paul B. Preciado en su texto “Mujeres en los márgenes”.

Conclusiones

Ante esta realidad, lo realmente interesante sería preguntarnos cómo algunas prácticas sexuales “disidentes” o “subalternas” como las que hemos visto se han constituído como ejercicios performativos con los que muchos hombres reproducen la sumisión antagónica a la dominación de la que habló Bordieu, al mismo tiempo que la figura de la dominatrix cristaliza el arquetipo antagónico al que propone la heteronormatividad y el patriarcado conformándose como un modelo de “mujer mala”.

“A las Mujeres Dominantes les gusta despojar a un hombre de su machismo y de su ego masculino”, mantiene Elise Sutton en su texto “El deseo de someterse y la masculinidad”. Sin embargo, sería arriesgado plantear las prácticas BDSM y en las que aparece una dominatrix como “soluciones” al machismo, y posiblemente más acertado entenderlas como vehículos que conducen a una deconstrucción, fragmentación y descodificación de los valores que sustenta y que precisamente oscilan entre la dicotomía dominación-sumisión tan presente en todos los ámbitos de nuestra vida pública y privada.

“Cada sesión es un escape de la realidad; un espectáculo donde los clientes entran en el reino de su imaginación y viven brevemente fetiches que son despreciados en esta sociedad”, mantiene Mistress Venus en una entrevista para Organise #59. Esta idea de espectáculo o representación, que en mi opinión deberíamos asignar a la noción de “género” en sí mismo, nos invita a seguir estudiando -y por qué no prácticando y descubriendo- estas manifestaciones subalternas y periféricas para entender que nuestra sexualidad puede ser tan placentera como subversiva.

Dani Curbelo

Información de la imagen de cabecera: Ilustración de Bernard Montorgueil, seudónimo de un artista BDSM y “nalgueador” francés y autor de cuentos cuyas obras fueron escritas y publicadas originalmente en los años 1920 y 1930 (aunque no se sabe mucho sobre estas versiones originales). La mayor parte de su trabajo tiene temas de dominación femenina.

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2 pensamientos en “Latigazos al patriarcado: un estudio feminista de la figura e imagen de la dominatrix

  1. la subalterna dice:

    entiendo tu punto. pero ahora yo me pongo a pensar, como abogada del diablo, me parece que la relacion dominatrix es una parodia que al ser una performatividad que no trasciende los contextos sexuales, no cambia ni trasgrede las relaciones de dominación preexistentes. en palabras simples, “me gusta la mujer dominadora pero solo en el sexo, fuera de ahí no”

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