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De relatos y vidas virales: Saliendo del clóset como VIH+

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diciembre 4, 2018 por orbdiv

Artículo de Axel R. Bautista, sociólogo con corazón de antropólogo, desde CDMX (Ciudad de México). 

Ya casi son cinco años desde que me enteré que vivo con VIH. Casi cinco años en los que he ido aprendiendo a sobrevivir en este mundo con un virus que para bien o para mal estará dentro de mí hasta el día que se encuentre una cura, hasta el día que me muera o hasta el día que mis plegarias al universo sean escuchadas y entonces un enorme astro se estrelle contra la tierra y lo destruya todo.  

Recuerdo muy bien el día del diagnóstico, fue terrible. Fatal, no les voy a mentir. Recuerdo casi minuto a minuto lo que sucedió durante mi trayecto al lugar donde me hice la prueba, lo distraído que estaba, el miedo que sentía y la ansiedad que devoraba mi cuerpo por dentro y me iba llenado la mente de interminables posibilidades de vida, muchas de ellas, quizá con muy poca probabilidad de suceder.

Me recuerdo entrando por primera vez en la clínica, caminando entre sus pasillos, viendo a la gente que estaba ahí. Recuerdo la sala de espera donde me tocó sentarme y esperar a los llamados del personal del lugar que para llenar unos formularios, que para pasar al laboratorio, que para pasar con la consejera. 

Para algunos la experiencia es menos traumática, sin embargo, el común denominador en estas situaciones no es un “gracias por informarme, voy por un café y que la vida siga”. Al contrario, digerir una noticia así no es nada fácil, sobre todo porque alrededor del VIH y del sida se han construido una enorme cantidad de estigmas y desinformaciones que cobran un gran peso a la hora de enfrentarte a este diagnóstico. Lo primero que me vino a la mente y que le pregunté a la profesional que me dio la noticia fue “¿Me voy a morir?”. 

Esos minutos dentro del consultorio fueron eternos. Cada pregunta hacía de mi ansiedad una bomba de tiempo. Quería saber el resultado y punto. “Mira, Rodrigo, las pruebas dicen que se ha encontrado algo en tu sangre… Tenemos que hacerte una segunda prueba para confirmar los resultados”.

Listo. Ya estaba. Me iba a morir.

La profesional trató de calmarme diciéndome que existían los falsos positivos y que por tal motivo se necesitaba confirmar con otra segunda prueba los resultados reactivos de la primera. Me dijo que no adelantara escenarios y que me tranquilizara, que fuera al laboratorio, que aprovechara el rato de espera para ir a comer algo y que después regresara directamente con ella. Yo, impulsivo y ansioso, no podía retirarme sin antes escuchar de su boca si sí me iba a morir o no, y qué tan probable era que los resultados fueran iguales. Mi mente estaba borrosa, no podía entender qué estaba pasando y sólo quería un poco de claridad. “No te vas a morir”, me dijo, y se limitó a señalarme nuevamente que me tranquilizara y que fuera al laboratorio.

En verdad que situaciones como el diagnóstico de una enfermedad (en este caso, de una condición), rompen de tajo la continuidad de la cotidianidad que uno lleva hasta ese momento en su vida. Son situaciones disruptivas donde definitivamente la resiliencia emocional y el apoyo afectivo que uno tenga en ese momento, son cruciales para afrontar con mayor o menor facilidad y calma el asunto. 

Con mis padres decidí hablarlo apenas hace una semana. Tuvieron que pasar cinco años para poder hacerlo. En su momento no me sentí ni con la capacidad ni con la madurez adecuada para compartírselos. Tuve miedo:  vivimos en un país donde las relaciones familiares son tan importantes que a veces uno se ve en la obligación de callar y no decir ciertas cosas por el temor al rechazo o al castigo. Afortunadamente ahora que pude hablar con mis padres, todo fue completamente diferente: lo entendieron y me abrazaron.

La misma razón que me hizo platicarlo con ellos es la misma que me arrastra hasta la hoja en blanco para contar esta historia. Mi historia. Esa razón es la necesidad personal -y la convicción política- de luchar en contra del estigma y la discriminación que ha prevalecido desde que la epidemia se hizo oficial a nivel global, por allá a principios de los ochenta, y que a pesar de los avances médicos y biotecnológicos en la fabricación de fármacos y en las atenciones terapéuticas, la epidemia sigue ahí, transformada en una suerte de espectro social, asustando y engañando a miles con el falso mito de “a mí no me va a pasar” y que ha evitado que muchos se hagan una prueba, que decidan iniciar el tratamiento o que se diagnostiquen a tiempo.

El estigma mata más que la propia enfermedad, y es por eso que creo que necesitamos poner el tema sobre la mesa del debate una y otra vez, mediante la visibilidad que muchas y muchos de los que vivimos con el virus hagamos de nuestras propias experiencias y de nuestros cuerpos.

Muchos se preguntarán por qué hacerlo público si es algo personal. Y entiendo sus razones, de fondo yace tanto el derecho a la confidencialidad como un miedo al odio, al rechazo y a la discriminación; que no es asunto menor, el mundo tiende a ser cruel e ignorante. Pero si algo nos ha aportado el feminismo, entre muchas cosas, es que lo personal es político y que cada quien tiene autonomía sobre sus propios cuerpos. Yo he aprendido y he luchado a tenerla sobre el mío, como marica, como moreno y como seropositivo, y me siento contento de saber que no soy el único. Desde diferentes espacios y diferentes trincheras, muchas otras personas que conozco, activistas y no activistas, han decidido, a pesar de los miedos y las posibles inseguridades, tomar acciones similares y exponer una parte de su vida, de su intimidad y de su cuerpo. A ellos y ellas les digo: aquí estamos para acompañarnos. 

Lo que me mueve, como ya está dicho, es el interés de crear consciencia respecto al tema, compartiendo mi experiencia personal, pues si algo he aprendido es que a través de relatos de vida ajenos, uno puede no sólo desarrollar empatía, sino aprender un poco más de sí mismo: escuchar al otro es, muchas veces, escucharnos a nosotros mismos.

Recordar siempre es sanador, o al menos, reconfortante. Cuando después de cierto tiempo te detienes, miras y piensas: “pues no me ha ido tan mal, ¡eh! En realidad también la he llevado bien y he aprendido bastantes cosas”.

Axel R. Bautista: 
https://unsociolocomas.wordpress.com/


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