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¿El grito de placer sexual tiene que ser celebrado, reivindicado y compartido?

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septiembre 17, 2019 por orbdiv

Por Virginia Fernández Ruiz

De nuevo en la noche, ese grito que rompe con todo. Otro grito más, una mezcla de locura, jadeos, desfogue y exhibicionismo. Un grito desgarrado de placer que lo invade todo,  propagándose como un virus por las viejas tuberías del edificio, estallando en mil ecos en el patio e infiltrándose sin permiso en los sueños de quienes se consuelan con placeres más plebeyos, como por ejemplo dormir.

“A esa mujer, en lugar de estar disfrutando de un buen polvo, parece que la estuviesen matando”, pienso removida.

¿Se puede realmente disfrutar tanto con el sexo o es acaso puro teatro? Todas las noches el mismo gemido, a las 3h de la mañana.

En mi fuero interno me pregunto sobre mi propia capacidad para sentir placer. ¿Es acaso el grito sexual un grito de guerra, algo que tiene que ser celebrado, reivindicado y compartido?

Después de todo, yo nunca necesité ser tan histriónica. Empiezo a dar vueltas en la cama y a divagar con respecto a quien podría ser la afortunada, pero no conozco tan bien a los vecinos como para poder determinarlo con seguridad.

Pienso súbitamente que este tema quizás sería bueno sacarlo en la próxima reunión de vecinos, como punto fundamental del día. Puestos a no tener pudor a la hora de mostrar el placer sexual, quizás sería interesante averiguar qué es lo que le produce tanto placer a esa mujer. No es morbosidad, es… como decirlo, curiosidad sana. Ese tipo de sabiduría popular debería ser compartida a favor de la felicidad comunitaria.

Es probable que si en las reuniones de vecinos se tratasen estos temas, nadie quisiera perdérselas. Un mundo donde el presidente de la comunidad lideraría un movimiento a favor del placer sexual vecinal, algo así como un laboratorio experimental de las emociones, donde los gritos de placer fueran como las señales en clave, capaces de marcar el camino hacia una verdadera comunión con el espíritu vecinal.

Me imagino de pronto un festín de gemidos, donde cada noche, y por turnos, cada vecino pudiera alardear de su proeza sexual. A la mañana siguiente, en el ascensor, habría un tema de conversación mucho más ameno e instructivo que el del tiempo: “A ver María, la pasada noche no parecía que tu marido te hiciera correctamente el cunilingus, ¿no?, en la pasada reunión repasamos como se hacía”, o por ejemplo “Venga, Tomasa, vamos mejorando. Ayer por la noche conseguiste despertarnos a todos”.

Compañía Degustando Placeres (Festival Con-Vivencias 2018)

Estos pensamientos me acompañan el resto de la noche, de manera que a la mañana siguiente algo ha cambiado en mi fuero interno. Algo distinto recorre la escalera de vecinos del edificio, como si el virus del sexo se hubiera ido apoderando durante las últimas semanas, lenta, pero sutilmente, de las aburridas y desconocidas vidas de sus habitantes.

Una brisa hormonal se ha colado en nuestra cotidianidad y se puede detectar por ejemplo en el silbido alegre del portero, que barre las escaleras con el guapo subido y parte de la camisa desabrochada. Me guiña un ojo al verme pasar y sigue barriendo, como si estuviera acariciando a una mujer, en vez de limpiando el suelo.

En el ascensor me topo con la señora Mercedes, de 80 años, pero increíblemente rejuvenecida. Viste un vestido de flores violetas, y una falda inusualmente corta y atrevida. Huele a jazmín y en su mirada percibo un brillo distinto al desearme los buenos días. ¿Era quizás ella la que ayer gemía de esa manera? Todos los vecinos se presentan ante a mis ojos ahora como posibles sospechosos del delito del placer.

Ya abajo, pillo a dos vecinos besándose y magreándose en la entrada del portal, sin inmutarse ante mí presencia. Totalmente volcados en la tarea de excitarse el uno al otro. La vecindad parece sobreexcitada, quizás sacudida y viviendo un despertar sexual revitalizante.

El día de trabajo se hace cuesta arriba, me resulta imposible concentrarme en nada.

¿Ese virus del deseo me ha sido inoculado a mí también?

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