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No sé en qué momento recibí la primera bofetada

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noviembre 13, 2019 por orbdiv

En tiempos del #MeToo, cada vez más y más mujeres dan el paso a contar sus propias experiencias.

Desgraciadamente, estas experiencias no son únicas, sino sistemáticas: experiencias que nuestras abuelas escondieron, que sus abuelas callaron, que sus tatarabuelas ocultaron…; experiencias que han sido silenciadas de generación en generación por la garra patriarcal; experiencias compartidas, pero no únicas.

En su libro El maltrato me convirtió en escritora, Sara Bricio Rojas comparte por lo que ella misma pasó con su novio de la adolescencia, en un gesto de concienciación sobre el maltrato.

«No sé en qué momento recibí la primera bofetada (metafóricamente hablando) ni la segunda ni la tercera. Tampoco recuerdo en qué momento situaciones desagradables, discusiones y gritos entraron en la dinámica de mi relación y se volvieron algo normal, algo de lo que no tenía que preocuparme (craso error). (…) No hay fechas. Hay emociones, sentimientos, culpabilidad e impotencia.»

No son experiencias únicas porque prácticamente todas las mujeres hemos sufrido de alguna manera de maltrato, ya sea en forma de acoso callejero, de ninguneo, de anulación o de puñetazo. En mayor o menor medida, el maltrato forma parte de nuestras vidas y, por tanto, inconsciente e involuntariamente lo normalizamos y es invisible a nuestros ojos.

«La verdad es que da igual el orden cuando te están machando de maneras distintas día tras día. (…) Ya has perdonado y dejado pasar muchas cosas y no ves forma de parar ese comportamiento convertido en costumbre.»

Y es que las víctimas del maltrato continuado a manos de otra persona poco a poco acaban siendo anuladas por el perpetrador y se convierten en seres dependientes, que no dejan de elegir porque saben que será mejor que su maltratador lo haga en su lugar, para así no levantar tempestades.

«Solo pude sentir asco, cómo podía ser que estuviera con una persona así. En esos momentos sientes como una disociación, algo en tu interior se separa de él, algo se rompe y ya no sientes ese lazo que horas después te vuelve a unir por desgracia. Lo siguiente que viene es un sentimiento de incredulidad, de que eso esté ocurriendo realmente, acompañado de un colapso emocional. Este colapso se puede resumir en inactividad o pasividad, también se llama sentimiento de indefensión. (…) Tal era su posesión hacia mí que parecía que mis sentimientos o mi estado de ánimo lo tuviera que elegir él en todo momento. Yo no podía elegir estar feliz, y mucho menos si esa felicidad dependía en cierta manera de otras personas que no fueran él. (…) Su propósito era el que era, tenerme vigilada. (…) La secretaria general de Políticas de Igualdad, Soledad Murillo, dice que el maltratador tiende a “anular” las relaciones afectivas de su pareja. “Él pone las reglas en la pareja, vigila su cumplimiento y anula la libertad de la mujer al supervisar continuamente sus pasos”. Así es, ni más ni menos.»

Pero las tempestades se levantan de igual manera, por mucho cuidado que quiera tener una. El miedo es quizás la herramienta más poderosa de manipulación, desde el ámbito doméstico hasta el público (véanse las políticas del miedo utilizadas por los políticos de la ultraderecha). Los maltratadores lo saben bien y la utilizan para anular aún más a las víctimas.

«Más adelante me diría: es que tú te crees que los detectives van con una gabardina y bigote o algo así o en vez de gabardina me dijo sombrero. (…) Me explicó que si hay que espiar a alguien que va a una discoteca no se va a presentar uno de la tercera edad, que tendrán que buscar a alguien con las características del grupo para pasar desapercibido.»

Uno de los grandes aliados de los maltratadores es el sistema, que constantemente nos bombardea separándonos en dos géneros con roles muy marcados y que juzga sin cesar cómo ha de vestir la mujer. Nuestra apariencia siempre parece tratarse de un tema tanto público como privado, sobre el cual el resto tiene potestad.

«Yo ese día me había puesto una camiseta blanca del Pimkie cuyas mangas cortas caían por el brazo dejando al descubierto los hombros y debajo una falda de Mango que me había comprado en Benidorm. Llegaba a la altura de las rodillas, negra con volantes y flores blancas, ajustada en las caderas y luego ya más suelta según caía. A él se ve no le gustó cómo me vestí y me soltó con tal desprecio que si me creía que iba a Kapital. El arma que a partir de ese momento iba a emplear iba a ser la palabra. Me iba a herir con la palabra. Inmediatamente después de la frase tan bonita que profirió dejó de hablarme en todo el camino de ida y de vuelta, haciéndome el vacío como dos desconocidos y tuve que aguantar así hasta que él quiso sólo porque me apetecía ponerme guapa. Sentía rabia por no poder entender ese pensamiento tan retrógrado. ¿Por qué no iba a poder ponerme así? Luego pensé que a lo mejor me había pasado con el modelito pero la verdad es que iba muy elegante. Ya empezaron las inseguridades a comerme terreno y a hacerme más débil de carácter.»

A veces, cuando intenta salir, la víctima se hunde aún más. Casi inevitablemente.

«¿Libertad? Qué pobre tonta era. Me creía que eso era la libertad, el intentar tener más espacio para mí sola, cuando más tarde me di cuenta que la libertad no tenía nada que ver con el espacio sino con la capacidad de decidir lo que quieres y hacerlo, que nadie te cortase las alas y te dijera que no puedes o que su reacción te hiciera decantarte por abandonar tus placeres. Le sentó muy mal al parecer porque desapareció unos dos días. (…) Cuando al final decidió que ya era bastante castigo apareció y me dijo que como le había dicho que quería más libertad… pues que eso había hecho.»

La víctima se cree inferior al resto y, sumida en el amor romántico (otro gran aliado del sistema), acepta las consecuencias negativas de tener una relación y se autocastiga porque cree que no merece algo mejor.

«Dos amigas mías se fueron a Irlanda a estudiar inglés un mes y me reconcomía la envidia. Pensaba que si no estuviera con él podría haberme ido con ellas tranquilamente pero no había tenido esa suerte. Sentía rabia, me sentía inferior y sobre todo una cobarde por no ser capaz de hacer con mi vida lo que me diera la gana. Impotente porque sabía que estaba en mi mano pero no tenía fuerzas, ni energía, ni seguridad. Tenía tantas carencias emocionales y tantas barreras como era el miedo y la baja autoestima que no me quedaba otra que aceptar este sentimiento como algo natural en mí. Pensaba que era una envidiosa de mierda pero lo era porque era una infeliz.»

El hecho de compartir experiencias, ya sea con amigas o, como lo hace Sara, con un testimonio público, nos hace ver que hay más personas como nosotras, nos fortalece y nos ayuda a salir poco a poco del pozo. La sororidad es el gran enemigo del machismo.

«Conduciendo para allá con todas mis indicaciones escritas en un folio casi se me saltan las lágrimas de todo lo que estaba sintiendo por dentro. No me podía creer que fuera con mi amiga a pasar el finde a algún sitio. Era tan feliz en esos momentos que me gustaría poder volver a sentirlo. Me sentía tan libre que no podía soportarlo y tampoco tenía palabras para expresarlo. Simplemente era fantástico. No era poder, ni control era simplemente felicidad y libertad porque yo no estaba por encima de nadie, ya no había nadie que obstruyera mi camino.»

Participar con las experiencias propias de manera privada o pública nos hace cada vez más fuertes.

Por eso, desde Orbita Diversa, agradecemos a todas esas mujeres que dan el paso a compartir sus historias, porque otras personas se pueden identificar y dejar de sentirse solas.

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