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Romper el techo

febrero 11, 2020 por ofeliaeol

Artículo de Nela Linares Antequera con motivo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.

Las mujeres deberíamos generar el mismo ruido cuando tenemos una idea que cuando parimos. Cuando parimos segregamos oxitocina para que el cuello del útero dilate. El cuerpo se hace por y para la vida. La vida duele. Por eso gritas. Y por eso nos dejan gritar: porque somos procreadoras de vida. El ruido más allá de lo vitalmente designado, nos está prohibido. Una mujer puede desarrollar vida pero no una idea. Una mujer que grita está loca: a no ser que esté pariendo. Es nuestra única oportunidad para liberar la rabia acumulada sin que el mundo se espante.

En 1936 Dorotea Barnés González vivía dos guerras: la que se desataba en su cuerpo, a punto de dar a luz a su hija, y la que se desataba en España. Estaba en el punto álgido de su carrera: era doctora en química después de haber estado investigando en el Sterling Chemistry Laboratory de la Universidad de Yale, había conseguido una cátedra en el Instituto Lope de Vega de Madrid, era la mayor experta en espectroscopia del país. Las dos guerras truncaron su carrera. Y Dorotea dejó de hacer ruido.

Algo no muy diferente le ocurrió a Sara Borrell Ruiz. Sara era una estratega: interrumpida su carrera en Farmacia por la guerra, consigue licenciarse tras un parón de dos años y lo hace bajo el modus operandis con el que actuó toda su vida, acudiendo a la cualificación. Sara sabía que en la nueva España que se venía encima era impensable el modelo de mujer que representaba. Pero ella quería ser por y para la ciencia. Por eso se abrazó a un método infalible que constaba de tres pilares: llamarse a sí misma aficionada, para no provocar una situación de igualdad verbal con los hombres – bajo lo cual podrían sentirse amenazados -, tener un expediente impecable y referirse siempre en sus memorias de investigación en un masculino plural demoledor, pero eficiente, borrando su condición de mujer de su labor científica para allanarse el camino. Sara acertaba enganchar una estrategia tras otra para sobrevivir en la ciencia. En realidad ella siempre quiso estudiar química, pero farmacia era la carrera a la que por entonces accedían en mayor proporción las mujeres. Sara sabía que una España autárquica la necesitaría, más si se especializaba en algo que interesase al régimen. De esta manera, basó su tesis en la higiene y la alimentación, y siendo profesora auxiliar, consiguió una de sus primeras becas al extranjero, concretamente a Escocia, donde trabajó sobre el control sanitario de la leche y sus derivados. A partir de entonces la vida de Sara se balanceaba entre Madrid y sus estancias de investigación fuera de las fronteras nacionales: Glasgow, Londres, Cambridge, Higginbottom. De la química de los alimentos había logrado desarrollarse en la química de la nutrición, en una estrategia impecable, introduciéndose en la endocrinología. Así es como Sara llega a la Worcester Foundation en Massachusetts. Bajo la batuta del doctor Pincus, en aquel laboratorio se germinaba el proyecto de una píldora inhibidora de fertilidad: la píldora anticonceptiva. No exentos de polémicas y trabas legales, donde sus principales impulsoras – las feministas Margaret Sanger y Katherine Dexter McCormick – habían sido encarceladas por reclamar los derechos de las mujeres y distribuir información sobre métodos anticonceptivos, Sara nunca dejó constatado su participación en el proyecto, aunque se sabe que estuvo trabajando en el análisis de hormonas sexuales y estrógenos.

No sabremos con certeza si una española fue clave en la creación de un fármaco que suponía un triunfo irreversible para el feminismo, la libertad de decisión de las mujeres para ser madres. Lo cierto es que Sara eludió ese detalle de su vida como mujer y se entregó a la ciencia. La ciencia fue su única dedicación y responsabilidad. Cuando parecía que nada podría estropear su brillante carrera profesional, cuando difería su historia de la historia de Dorotea por no haber sucumbido a los condicionamientos que la sociedad exige a las mujeres, se vio obligada a renunciar a todo para cuidar de sus padres, ya mayores. No hubo más viajes, no pudo aceptar todas las ofertas que le llegaban del otro lado del charco. Sara tuvo que conformarse con un país que no estaba preparado para la investigación y mucho menos preparado para aceptar a una científica de su talla. Así Sara continuó investigando, discretamente, sin pena ni gloria. Sin hacer ruido.

Casi un siglo antes Fermina Orduña, de la que solo sabemos su nombre, es la primera mujer en España en registrar una patente. Su idea nunca se lleva a cabo. Probablemente a ella tampoco la dejaron hacer ruido.

A las mujeres que se atreven las llaman pioneras. Lo hacen, porque rompieron barreras. Fermina, Dorotea, Sara…pioneras científicas que desafiaron un sistema que las excluía. Sin duda derribaron paredes, pero no pudieron romper el techo. Siempre algo las retenía en una horizontalidad perteneciente a un todo manejado desde arriba. La cima la veían – la vemos. Nos dicen que está ahí, que podemos alcanzarla. Pero la realidad es que seguimos sin poder romper el techo para lograr llegar arriba. Veinte años después de la muerte de Sara, según datos de la ONU sólo el 30% de los investigadores son mujeres. La falta de referentes, la problemática de la conciliación y las estructuras de poder patriarcal siguen condicionando el acceso de la mujer a la ciencia.

Hoy 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la ciencia proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas con el fin de lograr el acceso y la participación plena y equitativa en la ciencia para las mujeres y las niñas, debemos gritar sus nombres. Los de las pioneras – el de Fermina, el de Dorotea, el de Sara – para que no queden en el olvido. Gritarlo tan fuerte que el ruido acabe por hacer estallar los cristales de ese techo que nos mantiene atrapadas.

Para romper el techo hay que hacer ruido.

Nela Linares Antequera

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