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Que no, que no nos representan

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noviembre 10, 2016 por patriciamartinrivas

Hace un par de semanas, en occidente nos llevábamos las manos a la cabeza porque el presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, afirmó en una rueda de prensa junto con la canciller alemana, Angela Merkel, que no conocía la opinión política de su mujer, porque su lugar era la cocina, el comedor y el resto de habitaciones de la casa. Y, ahora, un hombre blanco, heterosexual y rico que ha soltado perlas como lo fácil que es «agarrar a las mujeres del coño» cuando uno tiene dinero, se ha alzado con el poder en Estados Unidos, el país más influyente del planeta y uno de los referentes mundiales del feminismo. Pero es que en África y en los países islámicos están muy atrasados. Resulta irónico, horrible e insultante.

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Aunque parezca extraño, legitimar este tipo de comportamientos es algo demasiado habitual en la sociedades actuales más avanzadas (léase «avanzadas» con todo el sarcasmo que pueda caber en el cuerpo). De hecho, las feministas activas nos encontramos a menudo en la tesitura de tener que explicar que no hay igualdad real (ni ficticia) en ningún país occidental y que el hecho de que las mujeres en algunos países tengan que llevar velo no quita que los hombres hayan asesinado a más de setecientas mujeres en la última década en España, por poner un ejemplo que parece no escandalizar a nadie.

Pero las políticas para frenar esto son escasas, inefectivas e irrelevantes, porque no hay apenas representación femenina en el Gobierno —si eso en segunda y tercera fila; y sí, en las grandes ciudades, lo sé, pero ¿y en el país?—. De hecho, en las últimas elecciones (léase «elecciones» en doble plural) en España, todos los candidatos reales para la presidencia eran hombres, al igual que durante toda la historia de la democracia en el país. Y no solo se trata de hombres, sino de blancos y heterosexuales, es decir, individuos con pleno privilegio. Esto lleva a rechazar medidas como dejar de considerar los tampones y las compresas artículos de lujo, como ha ocurrido recientemente. Qué medida más loca, ¿eh?

Para ello, tendría que haber una presencia femenina muy superior a la actual. De hecho, el título de este artículo era «Un pequeño paso para la mujer y un gran paso para la humanidad», porque estaba convencida de que Hillary Clinton sería la primera mujer en ocupar la presidencia de Estados Unidos después de doscientos veintisiete años y cuarenta y cuatro presidentes masculinos (todos blancos, excepto uno). Lo he tenido que cambiar claro, y con mucha pena: aunque triste y seguramente Clinton no se hubiera salido de los patrones patriarcales que van de la mano del capitalismo, que el país más poderoso estuviera presidido por fin por una mujer, sería desde luego un gran paso para la humanidad.

Los problemas de representación en los grupos de mandatarios no están enraizados, sin embargo, únicamente en la discriminación de género. No hay apenas representación de personas que se salen de la heteronormatividad ni de personas no blancas en países blancos (desde luego, lo de Obama resultó toda una proeza) ni incluso en países no tan blancos, como Perú o Brasil.

Quienes (no) nos representan suelen seguir muy a rajatabla los valores más conservadores, como tener una familia tradicional heterosexual o ser católico, por mucho que España se declarara aconfesional desde 1978 (¡ja!). ¿Os imagináis una presidenta lesbiana y atea en España? ¿A que ni remotamente? Pues existen mujeres así y nadie las representa, como a muchas otras personas que se salen de la norma —norma tradicional, conservadora y mohosa—.

Asimismo, ha de recaer una fuerte responsabilidad en los hombres blancos heterosexuales para ayudar a cambiar esta situación: observar, reconocer los privilegios y querer derribarlos a través de sus acciones cotidianas y del voto diverso son pasos clave de convertir el mundo en un lugar más justo. Solo una persona negra sabe lo que implica ser una persona negra; solo una persona homosexual sabe lo que implica ser una persona homosexual; solo una mujer sabe lo que implica ser una mujer, con todas las discriminaciones que esto conlleva: por eso mismo necesitamos escuchar y que se nos escuche, además de voz y representación urgentemente.

No será un camino de rosas, desde luego, para llegar a la normalización, como se ha hecho latente en la campaña presidencial de Estados Unidos. Por un lado, ha ganado un acosador confeso que ha llegado a incitar a agredir a personas negras en sus propios mítines (entre muchísimas otras lindezas). Por otro lado, se ha insultado a la candidata femenina por el mero hecho de ser mujer. Un ejemplo de esto último está muy claro en un famoso vídeo en que un hombre lleva una camiseta que reza algo que se podría traducir (perdiendo el juego de palabras) como: «Hillary la chupa, pero no tan bien como Monica [Lewinsky]», mientras habla paralelamente de lo oprimidas que están las mujeres islámicas. Sagaz. En el mismo vídeo, una seguidora de Trump también asegura que la presidencia pertenece a los hombres, ya que una mujer, impulsada por las hormonas y los sofocos de la menopausia, podría iniciar una guerra a la primera de cambio (al contrario que el pacifista Trump). La verdad es que no tiene desperdicio el vídeo.

El triunfo de Trump tiene que ver, pues, directamente con el miedo a perder los privilegios, por eso más de la mitad de las mujeres blancas han votado por él, porque no van a conseguir igualdad como mujeres (que, por otro lado, quizás con Clinton tampoco la conseguirían), pero sí van a  mantener su estatus como personas blancas. Y eso no tiene precio… ¿O sí? Mantener derechos y libertades a cambio de no exigir otros derechos y libertades (propios y ajenos) es un precio muy alto.

Gobierno de Canadá

Gobierno igualitario de Canadá

Sin embargo, hay esperanza. En países como Bélgica, Islandia y Luxemburgo ya ha habido primeros ministros LGBT, por ejemplo. En Canadá, un país compuesto por más de tres cuartos de población de procedencia europea (esto es, blanca), el Gobierno cuenta con un equipo regido por la paridad total, además de con miembros no blancos y con diversidad funcional. Su presidente, Justin Trudeau, abiertamente feminista, explicó el año pasado el porqué la diversidad de su grupo de trabajo de una manera muy sencilla y acertada: «Porque estamos en el año 2015».

Confiemos en que cuando acabe este trágico año 2016, llenito de votos provenientes del racismo y del miedo, de verdad entremos en el siglo XXI y haya una representación más fiel de la realidad en las cúpulas políticas en cuanto a la diversidad.

2 pensamientos en “Que no, que no nos representan

  1. antonio dice:

    Muy buen artículo, enhorabuena Patricia.
    Totalmente de acuerdo con él.
    Aunque estemos consternados por el triunfo de Trump no debemos olvidar que, desde el momento que se presentó, existía el riesgo de que triunfara, e Hillary no era tampoco una candidata ilusionante: aunque hubiera sido la primera mujer presidente de los EEUU no debíamos esperar de ella políticas demasiado avanzadas contra discriminación o desigualdad, ni que aunque las hubiera planteado hubieran seguramente salido adelante: también Obama ha sido el primer presidente negro y las políticas que realizó -con evidentes logros- no tienen mucho que ver con sus promesas electorales ni las esperanzas que millones depositaron en él. Tampoco ha podido realizar muchas cosas que hubieran estado muy bien pero que la fuerte oposición republicana y de los grupos de poder le han impedido.
    Cierto que no nos representan, ni Trump, ni Clinton, ni mariano, ni Hollande, ni Merkel… sólo representan a los que les pusieron ahí, sicarios a sueldo de la mafia de banqueros y grandes fortunas.
    Gusto de leerte y esperando ver más cosas tuyas pronto.
    Un saludo
    Antonio

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