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Auto de fe

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diciembre 9, 2016 por orbdiv

Este escrito está dedicado a los miembros de las
organizaciones que asisten y acompañan a las víctimas de
los delitos de odio, para que sean de una vez las últimas.
Está dedicado a mi querido amigo Xabier Lizarraga
Cruchaga por su ayuda para completar este texto; y a los dos
grandes escritores que se citan: Joseph Roth y Sebastian
Haffner, por las horas felices vividas entre sus páginas.

Todos los días, cuando nos levantamos, recibimos un aluvión diario de noticias: noticias que seguramente serán de guerra, de los refugiados y los desposeídos de la tierra, y también de aquellos que se ahogan en el mar. Podemos encontrar por ejemplo la tristísima foto de un niño muy pequeño muerto sobre la arena de una playa. Pero también podría tratarse de una mujer transexual a la que han dado una paliza de muerte, o una mujer agredida o asesinada por su marido, incluso un niño que se ha suicidado por no poder soportar más el sufrimiento del acoso en su colegio.

Después nos llegan noticias de reuniones, encuentros, asambleas de primeros ministros, de jefes de Estado, de ministros de tal o cuál cosa: al final todo queda en una foto donde posan felices, y el niño muerto sobre la arena y la mujer transexual brutalizada, la mujer asesinada por su marido, el niño que se suicidó se olvidan, y sus medios dejan de referirse a la incomodidad de las cosas, se corre un telón de olvido y tras su opaca textura apenas podemos distinguir otra cosa que sombras; tristes, patéticas sombras, retrato difuso que prefigura otra sombra adormecida: esa que podemos llegar a ser nosotros un día.

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Gracias a la acción militante de los que han luchado por causas que hubieran parecido de antemano perdidas, se han conseguido leyes más justas. El matrimonio igualitario por ejemplo, y con él, como parte inseparable, el derecho de adopción; y así, gracias a estos avances, la ley se aproxima más a las necesidades de sectores de la población tradicionalmente discriminados y oprimidos. Así fue que se aprobaron el matrimonio igualitario y el derecho de adopción en 2005 en nuestro país, e igualmente otras leyes, estatales o comunitarias, para reconocer derechos de personas transexuales o para proteger de los delitos de odio.

El odio es el doloroso compañero inseparable de cualquier progreso en derechos sociales; lo ejercen aquellos que no pueden tolerar ninguna clase de avance, los que viven en la negación cerril de toda evolución. A esto se refirió el profesor mexicano Xabier Lizarraga Cruchaga en la plática que dio en la Complutense durante su última estancia en Madrid donde más o menos dijo: “el aumento de la visibilidad (del colectivo LGTB) viene inevitablemente acompañado por un incremento de las agresiones a los miembros de este colectivo.” Posteriormente, en un correo en el que platicábamos sobre este tema, me ampliaba esta opinión y le cito textualmente: “… al ir aumentando nuestra visibilidad en la sociedad, las expresiones de homofobia se incrementan porque los homófobos sienten que pierden privilegios (aunque es ilusorio), al fortalecernos se sienten debilitados, fragilizados y necesitan confirmar su ‘superioridad’. Más aún cuando ven que se nos reconocen derechos que consideraban exclusivos de los heterosexuales (como el matrimonio, la adopción, el tener cargos de importancia y peso). Cuando nuestra presencia sea aún mayor y más contundente, conseguiremos contrarrestar esa tendencia, pero las primeras décadas serán de ataques más frecuentes y violentos.”

Podemos hablar de más de 200 agresiones registradas sólo en Madrid en lo que va de año; no podemos sumar la cifra de las que no son denunciadas por el miedo de las víctimas a hacer públicas sus historias en su medio familiar, laboral, etc.; no se trata sólo de una cifra abrumadora, sino, peor todavía, en aumento. ¿Cuántos casos de agresión, insulto, acoso, sea en colegios, institutos, centros de trabajo, no estarán ocurriendo en este mismo momento? ¿Somos por un instante conscientes de ello?

¿Sabemos cuántos se están ahogando en el Mediterráneo justo en este instante? ¿En ese mar por el que nos llegaron vida y cultura y sólo llegan ahora noticias de muerte? Creo que sabemos muy bien de la dolorosa vulnerabilidad del menor sometido en su vida escolar al “matonismo” de energúmenos que consideran al “otro” no solamente como un enemigo a destruir, sino que se arrogan en cada insulto, vejación o golpe el derecho de juicio, condena y ejecución. Creo que sabemos bien cómo apropiarse este género de derechos, es un juego demasiado peligroso para no tenerlo en cuenta.

Creo que una buena parte de estas agresiones son indudablemente espontáneas, simple y lastimosa manifestación de la bestia que aflora; también creo que, en un gran número de casos, vienen organizadas y orquestadas desde los sectores más rancios y ultras de la sociedad, aunque esto no se investigue ni se neutralice a los verdaderos responsables: en suma el elemento más importante no es el que dio la bofetada, sino el que ordenó darla. Estos son elementos que innegablemente existen y para los que manipular un cierto número de descerebrados, con un gran desarraigo social muchos de ellos, y teledirigirlos hacia una acción de violencia contra personas homosexuales, lesbianas, transexuales etc., no es nada difícil. Una vez creada, Igualmente se puede utilizar esta fuerza contra inmigrantes, indigentes o cualquier otro tipo de colectivos que pudiera interesar. Podríamos tan sólo echar una ojeada sobre los grupúsculos ultraviolentos asociados a los equipos de fútbol que cuales forman una siniestra tradición contra la que nunca se hizo nada, y sí en cambio han sido amparadas y protegidas por las cúpulas directivas de estos equipos. Hasta se podría decir que cumplían la función de ser una reserva de elementos violentos utilizables para cuando lo requiriera la ocasión. En algún caso sus acciones han costado la vida a algún hincha de un equipo contrario.

Una vez generado el odio, creada esta “solidaridad de la jauría” donde el individuo que forma parte de ella deja de ser tal para devenir “camarada”, el objeto del odio puede ya ser cualquiera. Esta idea de la jauría y de la generación del odio fue desarrollada admirablemente por el gran escritor alemán Sebastian Haffner, que huyó de Alemania en 1938, en sus libros Historia de un alemán y Alemania: Jeckyll y Hyde, escritos ya en el exilio.

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Una noticia que leí no hace mucho tiempo (no puedo recordar en qué medio), hablaba de un joven homosexual que llegó en demanda de asilo a España huyendo de la persecución y el sufrimiento a que se veía abocado en su país de origen.

Fue expulsado. Para que no le pasara nada en su país de origen no tenía que hacer otra cosa que disimular; o sea, en lugar de la acogida que buscaba, lo que encontró fue la recomendación del armario. Lo peor no es sólo que haya ocurrido, sino las implicaciones que este hecho tiene en este contexto histórico nuestro en el que las gentes que -huyendo de la guerra en sus países de origen- no se han ahogado en el mar y han conseguido llegar a las costas de Europa, no han hallado más refugio que campos de hacinamiento y miseria y fronteras selladas con alambres de espino.

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Viene bien traer ahora a la memoria el 10 de mayo de 1933, fue el día en el que se realizó uno de los símbolos más atroces del III Reich: las grandes quemas de libros. Literatura y pensamiento fueron convertidos en humo y ceniza por aquellos que poco después harían lo mismo con millones de seres humanos.

A este acto criminal le llamó el escritor austrohúngaro y judío Joseph Roth Auto de fe del espíritu, y es así como titula el artículo que escribió sobre ello y que publicó en Cahiers Juifs en París 1933 y que es uno de sus textos más amargos, en los que su prosa es más bella, más lúcida y desesperada.

Yo le pido prestado su título para nombrar este escrito, y lo hago con todo mi respeto y admiración hacia este gran escritor que presenció el último esplendor de un imperio y su caída, y la ascensión de un horror inconcebible. Joseph Roth murió de pena y dolor y en la completa miseria en su exilio de París en 1939.

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No puedo terminar sin preguntarme: ¿estamos verdaderamente seguros que el resplandor de aquellas hogueras no llega aún hasta nosotros, que sus llamas no nos queman todavía?

Antoine, noviembre de 2016

Me acompañaron:
Sebastian Haffner, Historia de un alemán y Alemania: Jeckyll y Hyde. Editorial Destino
Joseph Roth, Auto de fe del espíritu. Texto contenido en la colección de artículos Crónicas berlinesas, Editorial Minúscula 2006. También está incluido en la recopilación La filial del infierno en la tierra. Escritos desde la emigración. Editorial Acantilado 2004.

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Un pensamiento en “Auto de fe

  1. […] haciendo es sencillamente porque ahora no se puede, no porque les falten los deseos de hacerlo. Judíos, homosexuales, herejes… las hogueras de los autos de fe dejaron toda una época atestada d…, y marcaron siniestro prólogo a los fuegos de Treblinka y Auschwitz varios siglos […]

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