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Proust, la memoria y el tiempo

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enero 1, 2016 por orbdiv

Celebramos el fin del 2015 y el comienzo del 2016 con una reflexión sobre el tiempo por nuestro socio Antoine Prieto Núñez.

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Releo, con mi escaso dominio de la lengua inglesa, y la delectación que siempre siento ante su belleza, la entrada sobre Proust en la Britannica.

En algún momento el autor de la misma hace mención a la época en que el joven Proust viaja y visita ciertas iglesias; pienso que es la misma en que –ayudado por su madre, Mme. Jeanne Proust, nacida Weil- realizó sus traducciones de la obra de John Ruskin.

Se encuentran lógicamente en su obra referencias y descripciones de estas iglesias, al igual que de la naturaleza –aquellos paseos por el campo en los alrededores de Combray en Du côté de chez Swann, o por los acantilados de Normandía en À l’ombre des jeunes filles en fleur– que devienen parte inseparable de ella y acompañan al lector a través de los siete tomos de À la recherche.

Yo no podría saber si Proust descubrió y aprehendió los secretos y misterios del tiempo. Sin embargo, creo que se aproxima a territorios no demasiado frecuentados en lo que fue su trayectoria de vida; la vida por otra parte de un hombre enfermo que, recostado en su lecho, deja deslizar la pluma sobre el papel dejando sobre el mismo sus reflexiones y descripciones de personas, hechos y lugares.

Marcel Proust

Marcel Proust

¿Quién podría olvidarse del pequeño que, a la partida hacia París el último día de vacaciones, llora abrazado a un arbusto de espino blanco; o del suave rumor de las aguas del río Vivonne cuando paseaban por la orilla?

Hay un cierto episodio que tiene una íntima relación con la naturaleza. En el libro II de la Recherche, À l’ombre des jeunes filles en fleur, durante un paseo en coche, el narrador cuenta cómo escucha la voz de tres árboles junto a los que pasan:

“Lo que no aprendas hoy de nosotros no lo sabrás nunca. Si nos dejas caer en el fondo de este camino desde el que nos intentamos alzar hasta ti, esa parte de ti mismo que nosotros te aportamos caerá en la nada para siempre.”

Hay un natural paralelismo, según nos subraya el autor del prefacio y las notas en la edición que yo tengo de esta obra, Pierre-Louis Rey, con los tres campanarios, vistos también durante un paseo en coche sobre los que el adolescente narrador escribió un bello texto (que se recoge en la primera parte de la obra, Du côté de chez Swann) en el que describe la bella danza que realizan a su vista los tres campanarios según el paso del coche y cuyas primeras frases no me resisto a reproducir aquí: “Solos, elevándose sobre el nivel de la llanura y como perdidos en el campo raso, suben hacia el cielo los dos campanarios de Martinville. Muy pronto vimos tres: viniendo a colocarse cara a ellos por un volteo intrépido, un campanario retrasado, el de Vieuxvicq, se les había reunido…”

Como en un poema zen, las palabras realizan aquí el juego de vehicular esta instantaneidad. La visión de los árboles se vuelve palabras y éstas nos hablan del instante presente, nos cuentan que los árboles están ahí para dar cuanto son al joven narrador que los contempla y recordarle la fugacidad del tiempo.

Todo se podrá pues alcanzar en ese instante de infinitud, y esto dejará huella profunda que habitará en aquél que lo vivió, más o menos olvidada, pero presta a renacer si alguna cosa de las que le aguarden vivir pudiera despertar en él esta remembranza.

Proust nos dice en cierto párrafo de Du côté de chez Swann: “Es apenas perdido (nuestro pasado) que buscamos evocarlo, todos los esfuerzos de nuestra inteligencia son inútiles. Está escondido fuera de su dominio y de su alcance, en cualquier objeto material (en la sensación que nos daría ese objeto material) que nosotros ni imaginamos. Depende del azar que reencontremos ese objeto antes de morir, o que no lo reencontremos nunca.”

Marco Aurelio nos expresa en sus Meditaciones (2.14): “…recuerda que nadie deja atrás otra vida que esa que está viviendo y tampoco está viviendo otra que no sea la que deja atrás.”  …  “… el presente es igual para todos, como también lo que muere, y lo que dejamos atrás se muestra efímero por igual.”

Marco Aurelio

Marco Aurelio

Según Borges (es en su “Historia de la eternidad (El tiempo circular)” donde encuentro este texto), Marco Aurelio niega la realidad del pasado y del porvenir; y nos aporta a continuación un pasaje de Schopenhauer, (El mundo como voluntad y representación): “La forma de aparición de la voluntad es sólo el presente, no el pasado ni el porvenir… Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro; el presente es forma de toda vida.”

Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer

Cada instante es pues único instante y en él todo está contenido como un extraño juego de espejos y espejismos.

En la página 174 de mi edición (Folio-Gallimard) de Albertine disparue, Marcel Proust escribe: “El olvido no existe sin alterar profundamente la noción del tiempo.”

Si aceptamos este razonamiento podríamos concluir que, a partir del momento en que el olvido juega su papel, el tiempo alcanza su punto de ruptura. No es ya el dios despiadado que devora a sus hijos al que los griegos llamaban Cronos. Entiendo que se trata aquí de algo diferente: eso que forjamos para movernos en el marco de la vida que nos tocó vivir. Y a pesar de nuestros esfuerzos, son muchas las veces que vivimos sin control alguno de nuestro tiempo: somos seres sociales que actuamos en el marco de una sociedad que nos impone sus reglas, sus horarios, sus trampas.

Nosotros tenemos –o deberíamos tener- nuestro tiempo particular o, al menos, una cierta resistencia frente a un entorno generalmente agresivo. Sin esta mínima resistencia me atrevo a opinar que nuestra vida transcurriría sin apenas haber sido vivida.

Asimismo conviene que sepamos reconocer los momentos que hayamos vivido en plenitud por escasos que sean: en ellos el tiempo -siquiera sea por un instante infinitesimal- es como si hubiera dejado de existir, y podríamos decir además que pueden iluminar toda una vida. Tarde o temprano, el olvido disolverá de todas formas la memoria y convertirá en infructuoso lo vivido por la simple razón de que ya no podremos acceder a su recuerdo.

Y es en la memoria, nos vuelve a aportar Borges en la obra citada, donde reside la identidad personal. Si esta identidad se quiebra por acción del olvido, es entonces donde la frase antes citada de Proust encuentra su realidad, y lo vivido deja de tener sentido y razón de ser por haberse perdido la capacidad de rememorarlo.

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Si tenemos de un lado esos momentos en que la vida alcanza una cierta plenitud, y del otro el olvido que puede borrarlo todo, es entonces cuando el tiempo y la memoria se convierten en nuestro más importante problema filosófico. No es, ciertamente, una cuestión pueril cuando lo que está en juego es lo vivido. Pero se trata de una filosofía sobre todo de actitud hacia nuestro entorno y nuestra vida y, naturalmente, de la coherencia que esa actitud exige.

Algo antes de la frase citada, Proust nos dice que “es el tiempo quien trae progresivamente el olvido.” Y, efectivamente, es el tiempo quien trae en sí aquello que matará la memoria; y, como Proust nos decía, su propia noción. Al final, el tiempo parece igualarse en fragilidad a nosotros, sus hijos, sus víctimas.

Proust, en el último tomo de À la recherche (Le temps retrouvé), se declara a sí mismo un buscador de las “grandes leyes”. No es un rebuscador de detalles a la manera de un arqueólogo que busca los diminutos restos de una civilización perdida, sino en una ambición y un sentido mucho más global, aquel que constata el paso del tiempo; y, para ello, nos trae a estas últimas páginas de su obra el relato del estrago que éste ha realizado en los personajes que se han paseado por las páginas del libro, y que volvemos a encontrar –los que viven aún- en un avanzado estado del transcurso de sus vidas… Entiendo que este libro es, pues, la constatación del inmenso poder del tiempo y del olvido, y de que, al final, quizá sean la misma cosa.

Dejo aquí esta escritura, pero no sin traer, como propuesta para una reflexión a todas luces inacabable, algunas palabras del buen maestro argentino que figuran en su obra citada: “La eternidad, cuya despedazada copia es el tiempo.” “Es verdad que no es concebible (la eternidad), pero el humilde tiempo sucesivo tampoco lo es”.

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Estos son los libros que estuvieron conmigo:

  • Marcel Proust, À l’ombre des jeunes filles en fleur. Folio Classique. Gallimard 1988
  • Marcel Proust, Du Côté de chez Swann. Gallimard 1954
  • Marcel Proust, Le temps retrouvé. Flammarion 1986
  • Marcel Proust, Albertine disparue. Folio Classique. Gallimard 1992
  • Jorge Luis Borges, Historia de la eternidad. Alianza-Emecé 1992
  • Marco Aurelio, Meditaciones. Cátedra 2010
  • Encyclopædia Britannica

4 pensamientos en “Proust, la memoria y el tiempo

  1. Ramón Arreal dice:

    Filosofía, Erudición, Belleza, Literatura. Gracias, Antoine.

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